Cristo en la creación

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«Para obtener una educación digna de tal nombre, debemos recibir un conocimiento de Dios, el Creador, y de Cristo, el Redentor, según están revelados en su Palabra.[ … ]

»A fin de comprender qué abarca la obra de la educación, necesitamos considerar tanto la naturaleza del ser humano como el propósito de Dios al crearlo. Hemos de considerar también el cambio que sufrió la humanidad cuando se introdujo en el mundo el conocimiento del mal, y cuál fue el plan de Dios para cumplir, a pesar de todo, su glorioso propósito en la educación de la especie humana.

»Cuando Adán salió de las manos del Creador, llevaba en su naturaleza física, mental y espiritual, la semejanza de su Hacedor. “Creó Dios al hombre a su imagen” (Gén. 1: 27) con el propósito de que, cuanto más viviera, más plenamente revelara esa imagen, más plenamente reflejara la gloria del Creador. Todas sus facultades eran susceptibles de desarrollo; su capacidad y su vigor debían aumentar continuamente. Vasta era la esfera que se ofrecía a su actividad, glorioso el campo abierto a su investigación. Los misterios del universo visible, “las maravillas del que es perfecto en sabiduría” (Job 37: 16) invitaban al ser humano a estudiar. Tenía el enorme privilegio de relacionarse íntimamente, cara a cara, con su Creador. Si hubiera permanecido leal a Dios, todo esto le hubiera pertenecido para siempre. A través de los siglos eternos, hubiera seguido adquiriendo nuevos tesoros de conocimiento, descubriendo nuevos manantiales de gozo y obteniendo conceptos cada vez más claros de la sabiduría, el poder y el amor de Dios. Habría cumplido cada vez con mayor eficacia el propósito de su creación; habría reflejado cada vez más la gloria del Creador. […]

»Puesto que Dios es la fuente de todo conocimiento verdadero, el principal objetivo de la educación es, según hemos visto, dirigir nuestra mente a la revelación que él ha hecho de sí mismo. Adán y Eva recibieron conocimiento comunicándose directamente con Dios, y aprendieron de él por medio de sus obras. Toda la creación, en su perfección original. era una expresión del pensamiento de Dios. Para Adán y Eva, la naturaleza rebosaba de sabiduría divina. Pero por la transgresión, los seres humanos fuimos privados de conocer a Dios a través de la comunicación directa con él y, en gran medida, de la revelación por medio de sus obras. La tierra, arruinada y contaminada por el pecado, refleja pálidamente la gloria del Creador. Es cierto que sus lecciones objetivas no han desaparecido. En cada página del gran volumen de sus obras creadas se puede leer la escritura de su mano. La naturaleza todavía habla de su Creador. Sin e,e embargo, estas revelaciones son parciales e imperfectas. Y en nuestro estado caído, con las facultades debilitadas y nuestra limitada visión, somos incapaces de interpretarlas correctamente. Necesitamos la revelación más plena que Dios nos ha dado de sí mismo en su Palabra escrita».-Elena G. de White, La educación, cap. 1, pp. 14-16

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