Desarrollar Una Actitud Ganadora

Lee para el estudio de esta semana

Juan 4:27–30, 39–42; Mateo 15:21–28; 2 Tesalonicenses 1:1–4; Romanos 15:7; Efesios 4:32; 1 Pedro 3:15.

Para memorizar

“Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Ped. 3:15).

Cuanto más estudiamos la vida de Jesús, más nos maravillamos de su habilidad para aceptar y afirmar a las personas. Aunque pronunció reprimendas ásperas a los líderes religiosos de su época, recibió con gusto a aquellos que estaban luchando con el pecado, plagados de culpa y condenados sin remedio. Su misericordia se extendió incluso a los pecadores más viles. La profundidad de su perdón era infinitamente más profunda que la profundidad del pecado de ellos. Su amor no conocía límites.

Jesús nunca exhibió un solo tinte de orgullo o superioridad. Veía en cada ser humano a alguien creado a imagen de Dios pero caído en el pecado, y a quien vino a salvar. Nadie estaba más allá de su amor. Ninguno había caído tan bajo que su gracia no podía alcanzarlo. Mostró respeto a todas las personas con las que entró en contacto y las trató con la dignidad que merecían. Influía en las personas para su Reino porque creía en ellas. Sus vidas cambiaban en su presencia porque se preocupaba mucho por ellas. Se elevaban para convertirse en lo que él creía que podían ser.


Comentarios Elena G.W

El ministerio de Cristo estaba en notable contraste con el de los ancianos judíos. La consideración por la tradición y el formalismo que manifestaban estos había destruido toda verdadera libertad de pensamiento o acción. Vivían en continuo temor de la contaminación. Para evitar el contacto con lo “inmundo”, se mantenían apartados no solo de los gentiles, sino de la mayoría de su propio pueblo, sin tratar de beneficiarlos ni de ganar su amistad. Espaciándose constantemente en esos asuntos, habían empequeñecido sus intelectos y estrechado la órbita de su vida. Su ejemplo estimulaba el egotismo y la intolerancia entre todas las clases del pueblo.

Jesús empezó la obra de reforma poniéndose en una relación de estrecha simpatía con la humanidad. Aunque manifestaba la mayor reverencia por la ley de Dios, reprendía la presuntuosa piedad de los fariseos, y trataba de libertar a la gente de las reglas sin sentido que la ligaban. Procuraba quebrantar las barreras que separaban las diferentes clases de la sociedad, a fin de unir a los hombres como hijos de una sola familia. Su asistencia a las bodas estaba destinada a ser un paso hacia la obtención de este fin (El Deseado de todas las gentes, p. 124).

Jesús vino a este mundo en humildad. Era de familia pobre. La Majestad de los cielos, el Rey de gloria, el Jefe de las huestes angélicas, se rebajó hasta aceptar la humanidad y escogió una vida de pobreza y humillación. No tuvo oportunidades que no tengan los pobres. El trabajo rudo, las penurias y privaciones eran parte de su suerte diaria. “Las zorras tienen cuevas —decía—, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza”. Lucas 9:58.

Jesús no buscó la admiración ni los aplausos de los hombres. No mandó ejército alguno. No gobernó reino terrenal alguno. No corrió tras los favores de los ricos y de aquellos a quienes el mundo honra. No procuró figurar entre los caudillos de la nación. Vivió entre la gente humilde. No tuvo en cuenta las distinciones artificiosas de la sociedad. Desdeñó la aristocracia de nacimiento, fortuna, talento, instrucción y categoría social…

Comía con publicanos y pecadores, y andaba entre la plebe, no para rebajarse y hacerse rastrero con ella, sino para enseñarle sanos principios por medio de preceptos y ejemplo, y para elevarla por encima de su mundanalidad y vileza (El ministerio de curación, pp. 149, 150).

En esta época nuestra, las oportunidades para tratar con hombres y mujeres de todas clases y de muchas nacionalidades son aún mayores que en los días de Israel. Las avenidas de tránsito se han multiplicado mil veces.

Como Cristo, los mensajeros del Altísimo deben situarse hoy en esas grandes avenidas, donde pueden encontrarse con las multitudes que pasan de todas partes del mundo. Ocultándose en Dios, como lo hacía él, deben sembrar la semilla del evangelio, presentar a otros las verdades preciosas de la Santa Escritura, que echarán raíces profundas en las mentes y los corazones y brotarán para vida eterna (Profetas y reyes, pp. 53, 54).

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