Testificar Con El Poder Del Espíritu

Lee para el estudio de esta semana

Juan 15:26, 27; Hechos 2:41, 42; 8:4; Hebreos 4:12; Hechos 17:33, 34; 18:8.

Para memorizar

“Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hech. 4:31).

Cuando Jesús ordenó a los primeros creyentes: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15), debió haber parecido una misión imposible. ¿Cómo podrían lograr un desafío tan grande? Sus números eran muy pequeños. Sus recursos eran limitados. Eran un grupito de creyentes comunes, sin educación. Pero tenían un Dios extraordinario que los llenaría de poder para su misión extraordinaria.

Jesús declaró: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:8). El derramamiento del Espíritu Santo les permitiría compartir el mensaje de la Cruz con un poder capaz de cambiar la vida y cambiar al mundo. Hechos declara que estos primeros creyentes “trastornaron el mundo entero” (17:6). El apóstol Pablo agrega que el evangelio “se predica en toda la creación que está debajo del cielo” (Col. 1:23). En la lección de esta semana, nos enfocaremos especialmente en el papel del Espíritu Santo al llenar de poder nuestro testimonio por Cristo.


Comentarios Elena G.W

Entre aquellos a quienes el Salvador había dado la comisión: “Id, y doctrinad a todos los Gentiles” (Mateo 28:19), se contaban muchos de clase social humilde, hombres y mujeres que habían aprendido a amar a su Señor, y resuelto seguir su ejemplo de abnegado servicio. A estos humildes hermanos, así como a los discípulos que estuvieron con el Salvador durante su ministerio terrenal, se les había entregado un precioso cometido. Debían proclamar al mundo la alegre nueva de la salvación por Cristo.

Al ser esparcidos por la persecución, salieron llenos de celo misionero. Comprendían la responsabilidad de su misión. Sabían que en sus manos llevaban el pan de vida para un mundo famélico; y el amor de Cristo los movía a compartir este pan con todos los necesitados. El Señor obró por medio de ellos. Doquiera iban, sanaban los enfermos y los pobres oían la predicación del evangelio (Hechos de los apóstoles, p. 87).

Todos los que sean investidos para una vida semejante a la de Cristo, han de trabajar por la salvación de sus prójimos. Su corazón latirá al unísono con el corazón de Cristo. Se manifestará en ellos el mismo anhelo por las almas que él sentía. No todos pueden ocupar el mismo lugar en la obra, pero hay un lugar y una obra para cada uno… Todas las riquezas del cielo, han de ser reveladas mediante el pueblo de Dios. Dijo Cristo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”…

A todo aquel que se ofrece para el servicio del Señor, sin negarle nada, le es dado poder para alcanzar resultados incalculables. Por el tal hará Dios grandes cosas.

Dios les dará poder de lo alto a tanto jóvenes como a los más viejos. Con mentes convertidas, manos convertidas, pies convertidos, y lenguas convertidas, sus labios tocados con un carbón vivo del altar divino, irán hacia adelante en el servicio del Maestro, moviéndose continuamente hacia adelante y hacia arriba, hasta que el trabajo sea terminado (La fe por la cual vivo, p. 249).

Al presentar los apóstoles la gloria del Unigénito del Padre, tres mil almas se convencieron. Se vieron a sí mismos tales cuales eran, pecadores y corrompidos, y vieron a Cristo como su Amigo y Redentor. Cristo fue elevado y glorificado por el poder del Espíritu Santo que descansó sobre los hombres. Por la fe, estos creyentes vieron a Cristo como Aquel que había soportado la humillación, el sufrimiento y la muerte, a fin de que ellos no pereciesen, sino que tuvieran vida eterna. La revelación que el Espíritu hizo de Cristo les impartió la comprensión de su poder y majestad, y elevaron a él sus manos por la fe, diciendo: “Creo”.

Entonces las buenas nuevas de un Salvador resucitado fueron llevadas hasta los últimos confines del mundo habitado. La iglesia contempló cómo los conversos fluían hacia ella de todas direcciones. Los creyentes se convertían de nuevo. Los pecadores se unían con los cristianos para buscar la perla de gran precio (Palabras de vida del gran Maestro, p. 91).

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