Ver A Las Personas A Través De Los Ojos De Jesús

Lee para el estudio de esta semana

Marcos 8:22–26; Juan 4:3–34; Juan 1:40, 41; Marcos 12:28–34; Lucas 23:39–43; Hechos 8:26–38.

Para memorizar

“Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mat. 4:19).

Jesús es el Maestro ganador de almas. Al observar cómo obraba Jesús con la gente, aprendemos cómo guiar a otros al conocimiento de la salvación a través de Jesucristo. Al viajar con él por las calles atestadas de gente de Jerusalén, los caminos polvorientos de Judea y las laderas cubiertas de hierba de Galilea, descubrimos cómo reveló los principios del Reino a las almas sedientas.

Jesús veía a cada uno a través de los ojos de la compasión divina. Veía a Pedro no como un pescador rudo y ruidoso, sino como un poderoso predicador del evangelio. Veía a Santiago y a Juan no como radicales ardientes y de mal genio, sino como proclamadores entusiastas de su gracia. Veía el profundo anhelo de amor genuino y aceptación en los corazones de María Magdalena, la mujer samaritana y la mujer con el problema de flujo de sangre. Veía a Tomás no como un escéptico cínico, sino como alguien con preguntas sinceras. Ya sea que fueran hombres o mujeres, un ladrón en la cruz, o un loco poseído por demonios, Jesús los miraba a través de los ojos de la salvación.


Comentarios Elena G.W

Durante tres años y medio, los discípulos estuvieron bajo la instrucción del mayor Maestro que el mundo conoció alguna vez. Mediante el trato y la asociación personales, Cristo los preparó para su servicio. Día tras día caminaban y hablaban con él, oían sus palabras de aliento a los cansados y cargados, y veían la manifestación de su poder en favor de los enfermos y afligidos. Algunas veces les enseñaba, sentado entre ellos en la ladera de la montaña; algunas veces junto a la mar, o andando por el camino, les revelaba los misterios del reino de Dios. Dondequiera hubiese corazones abiertos a la recepción del mensaje divino, exponía las verdades del camino de la salvación. No ordenaba a los discípulos que hiciesen esto o aquello, sino que decía: “Seguidme”. En sus viajes por el campo y las ciudades, los llevaba consigo, para que pudiesen ver cómo enseñaba a la gente. Viajaban con él de lugar en lugar. Compartían sus frugales comidas, y como él, algunas veces tenían hambre y a menudo estaban cansados. En las calles atestadas, en la ribera del lago, en el desierto solitario, estaban con él. Le veían en cada fase de la vida (Los hechos de los apóstoles, pp. 15, 16).

Es necesario acercarse a la gente por medio del esfuerzo personal. Si se dedicara menos tiempo a sermonear y más al servicio personal, se conseguirían mayores resultados. Hay que aliviar a los pobres, atender a los enfermos, consolar a los afligidos y dolientes, instruir a los ignorantes y aconsejar a los inexpertos. Hemos de llorar con los que lloran y regocijarnos con los que se regocijan. Acompañada del poder de persuasión, del poder de la oración, del poder del amor de Dios, esta obra no será ni puede ser infructuosa (El ministerio de curación, p. 102).

Cuán grande es su amor para con nosotros cuando nos invita a ir a él con todas nuestras aflicciones, angustias, dolores de corazón y perplejidades, con la seguridad de que nos ayudará. Dará salud y brillo a nuestras vidas. Si ponemos nuestra mano en la suya, colocará nuestros pies sobre la roca firme, sobre un fundamento mejor que el que hayamos tenido alguna vez. Nos hará más fuertes en su fortaleza y obrará con todos nuestros esfuerzos.

Entonces, cuando nuestras almas hayan experimentado su toque sanador, seremos atraídos a un estrecho compañerismo con Jesús y seremos obreros juntamente con Dios, no solamente para restaurar a los que yerran, para sanar a los quebrantados de corazón, sino también para impartir valor, fe y confianza. Esta es la tarea de los obreros de Dios: llevar a Jesús a las almas que se han apartado de sus enseñanzas y que, aparentemente, se han estrellado contra las rocas y arrecifes del pecado. A estas vidas quebrantadas, que han estado aparentemente sin esperanza, se les promete sanidad (Alza tus ojos, p. 160).

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