Comienza Donde Estás

Alguien ha dicho con razón: “En la vida, el único lugar para comenzar es donde estás, porque no hay otro lugar para comenzar”. Jesús enfatizó este principio en Hechos 1:8, donde declaró: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

El mensaje de Jesús a sus discípulos era demasiado claro como para ser mal entendido: comienza donde estás. Testifica donde Dios te ha colocado. En lugar de soñar con mejores oportunidades, comienza con quienes te rodean. ¡Mira con los ojos de Dios las posibilidades más cercanas a ti!

No necesitas ser la persona más educada del mundo, la más elocuente, la más talentosa. Por útiles que puedan ser algunos de esos dones si se usan correctamente, al final todo lo que necesitas es tu propio amor por Dios y tu amor por las almas. Si estás dispuesto a testificar, Dios abrirá el camino para que lo hagas.

Lee Juan 1:40 y 41; 6:5 al 11; y 12:20 al 26. ¿Qué te dicen estos pasajes acerca de la visión espiritual de Andrés y su enfoque para testificar?

La experiencia de Andrés nos dice mucho. Él comenzó por su propia familia. Primero compartió a Cristo con su hermano Pedro. Desarrolló una relación cordial con un niño pequeño que luego le proporcionó a Jesús el material para un milagro, y Andrés sabía exactamente qué hacer con los griegos. En lugar de debatir sobre teología, percibió su necesidad y les presentó a Jesús.

El arte de ganar almas de manera efectiva es el arte de construir relaciones positivas y afectuosas. Piensa en las personas más cercanas a ti que pueden no conocer a Jesús. ¿Sienten en su vida a alguien compasivo y afectuoso? ¿Ven en ti una paz y un propósito que anhelan? ¿Es tu vida un anuncio del evangelio? Hacemos amigos para Dios al compartir a Jesús. Se convierten en amigos cristianos y, finalmente, cuando compartimos el mensaje de Dios de la verdad bíblica del tiempo del fin, también pueden convertirse en cristianos adventistas del séptimo día.

¿Por qué a veces puede ser tan difícil guiar a nuestros familiares y parientes a Cristo? ¿Has tenido éxito al compartir a Jesús con alguno de tus familiares o amigos cercanos? Comparte cualquier principio que pueda resultar útil a tu clase de Escuela Sabática.


Comentarios Elena G.W

Cristo dijo a sus discípulos que ellos debían comenzar su trabajo en Jerusalén… En Jerusalén había muchos que creían secretamente que Jesús de Nazaret era el Mesías, y muchos que habían sido engañados por los sacerdotes y gobernantes. El evangelio debía ser proclamado a estos. Debían ser llamados al arrepentimiento. Debía aclararse la maravillosa verdad de que solo mediante Cristo puede obtenerse la remisión de los pecados. Y mientras Jerusalén estaba agitada por los conmovedores sucesos de pocas semanas atrás, era cuando la predicación de los discípulos haría la más profunda impresión (Hechos de los apóstoles, pp. 25, 26).

Andrés, halló a su hermano, y lo llevó al Salvador. Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñarnos la importancia del esfuerzo personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y vecinos. Hay quienes durante toda la vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador…

Son muchos los que necesitan el ministerio de corazones cristianos amantes. Muchos han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón (El Deseado de todas las gentes, pp. 114, 115).

“Me seréis testigos”. Hechos 1:8. Estas palabras de Jesús no han perdido nada de su fuerza. Nuestro Salvador pide testigos fieles en estos tiempos de formalismo religioso; pero ¡cuán pocos, aun entre los que profesan ser embajadores de Cristo, están listos para dar un testimonio fiel y personal por su Maestro! Muchos son los que pueden decir lo que hicieron, osaron, sufrieron, y disfrutaron los hombres grandes… Pero al par que son tan ardorosos en cuanto a presentar a otros cristianos como testigos por Jesús, no parecen tener ninguna nueva ni oportuna experiencia propia que relatar…

¿Qué tenéis que decir por vosotros mismos? ¿Qué conflictos del alma habéis experimentado que hayan sido para vuestro bien, para el bien de otros y para gloria de Dios? Vosotros, los que profesáis estar proclamando el último solemne mensaje de misericordia al mundo, ¿cuál es vuestra experiencia en el conocimiento de la verdad, y cuál su efecto sobre vuestros corazones? ¿Testifica por Cristo vuestro carácter? ¿Podéis hablar de la influencia refinadora, ennoblecedora y santificadora de la verdad tal cual es en Jesús? ¿Qué habéis visto, qué habéis conocido, del poder de Cristo? Esta es la clase de testimonio que pide el Señor, y por cuya falta sufren las iglesias (Obreros evangélicos, p. 289).

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