De La Confesión A La Consolación

Lee para el estudio de esta semana

Daniel 9; Jeremías 25:11, 12; 29:10; 2 Reyes 19:15–19; Mateo 5:16; Santiago 5:16.

Para memorizar

“Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Dan. 9:19).

Daniel 9 contiene una de las grandes oraciones de la Biblia. En momentos cruciales de su vida, Daniel recurre a la oración para hacer frente a los desafíos que se le presentan. Cuando Daniel y sus colegas estaban a punto de ser asesinados debido al misterioso sueño de un rey pagano, el profeta se acerca a Dios en oración (Dan. 2). Y cuando un decreto real prohibió dirigir súplicas a cualquier dios fuera del rey, Daniel siguió ofreciendo sus oraciones diarias hacia Jerusalén (Dan. 6). Por lo tanto, al considerar la oración de Daniel 9, recordemos que la visión de las 2.300 tardes y mañanas de Daniel 8 tiene un gran impacto en el profeta. Aunque se explicaron los contornos generales de esa profecía, Daniel no puede entender el espacio de tiempo expresado en el diálogo entre los dos seres celestiales: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el Santuario será purificado” (Dan. 8:14). Recién ahora, en el capítulo 9, se le da más luz al profeta; y esta vez, también, es en respuesta a la oración ferviente.


Comentarios Elena G.W

Hay necesidad de oración, de oración muy ferviente, sincera, como en agonía…

Daniel oró a Dios, sin ensalzarse a sí mismo ni pretender bondad alguna: “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío”. Daniel 9:19. Esto es lo que Santiago llama la oración eficaz y ferviente. De Cristo se dice: “Estando en agonía oraba más intensamente”. Lucas 22:44. ¡Qué contraste presentan con esta intercesión de la Majestad celestial las débiles y tibias oraciones que se ofrecen a Dios! Muchos se conforman con el servicio de los labios, y pocos tienen un anhelo sincero, ferviente y afectuoso por Dios.

La comunión con Dios imparte al alma un íntimo conocimiento de su voluntad. Pero muchos de los que profesan la fe, no saben lo que es la verdadera conversión. No han experimentado la comunión con el Padre por medio de Jesucristo y no han sentido el poder de la gracia divina para santificar el corazón… La verdadera oración requiere las energías del alma y afecta la vida. El que presenta así sus necesidades delante de Dios, siente el vacío de todo lo demás bajo el cielo. “Delante de ti están todos mis deseos”, dijo David, “y mi suspiro no te es oculto”. Salmos 38:9. “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” Salmos 42:2. “Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí”. Salmos 42:4 (Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 525, 526).

Los paganos pensaban que sus oraciones tenían en sí méritos para expiar el pecado.

Por lo tanto, cuanto más larga fuera la oración, mayor mérito tenía. Si por sus propios esfuerzos podían hacerse santos, tendrían entonces algo en que regocijarse y de lo cual hacer alarde… Los fariseos habían adoptado este concepto pagano de la oración, que existe todavía hasta entre los que profesan ser cristianos. La repetición de expresiones prescritas y formales mientras el corazón no siente la necesidad de Dios, es comparable con las “vanas repeticiones” de los gentiles…

Las oraciones más elocuentes son palabrería vana si no expresan los sentimientos sinceros del corazón. La oración que brota del corazón ferviente, que expresa con sencillez las necesidades del alma así como pediríamos un favor a un amigo terrenal esperando que lo hará, ésa es la oración de fe. Dios no quiere nuestras frases de simple ceremonia; pero el clamor inaudible de quien se siente quebrantado por la convicción de sus pecados y su debilidad llega al oído del Padre misericordioso (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 74, 75).

Como humano, la oración fue para [Jesús] una necesidad y un privilegio. Encontraba consuelo y gozo en la comunión con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, manchados por el pecado, no debemos sentir la necesidad de orar con fervor y constancia! (El camino a Cristo, p. 94).

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