Del Orgullo A La Humildad

Lee para el estudio de esta semana

Daniel 4:1–33; Proverbios 14:31; 2 Reyes 20:2–5; Jonás 3:10; Daniel 4:34–37; Filipenses 2:1 al 11.

Para memorizar

“¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación” (Dan. 4:3).

Se ha dado en llamar al orgullo el verdadero pecado original. Primero se manifiesta en Lucifer, un ángel en los atrios celestiales. Así dice Dios por medio de Ezequiel: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti” (Eze. 28:17).

El orgullo condujo a la caída de Lucifer, por lo que ahora lo usa para guiar a innumerables personas por el camino de la destrucción. Todos somos seres humanos caídos, que dependemos de Dios para nuestra propia existencia. Todos los dones que tenemos, cualquier cosa que logremos con esos dones, vienen solo de Dios. Por lo tanto, ¿cómo nos atrevemos a ser orgullosos, jactanciosos o arrogantes? La humildad debe dominar todo lo que hacemos.

A Nabucodonosor le llevó mucho tiempo comprender la importancia de la humildad. Incluso la aparición del cuarto hombre en el horno de fuego (ver lección Nº 4) no cambia el curso de su vida. Solo después de que Dios le quita su reino y lo envía a vivir con las bestias del campo, el rey reconoce su verdadero estado.


Comentarios Elena G.W

Cuan pocos tienen en cuenta que el tentador fue una vez un querubín protector, un ser a quien Dios creó para la gloria de su propio nombre. Satanás cayó de su elevada posición por causa de su ensalzamiento egoísta; abusó de la magnífica capacidad con que Dios lo dotó tan ricamente. Cayó por la misma razón por la que miles están cayendo hoy día: debido a la ambición de ser primeros y a la renuencia a estar bajo restricciones. El Señor quiere enseñar al hombre la lección de que aunque esté legalmente unido a la iglesia no está salvado hasta que el sello de Dios sea colocado sobre el…

El Señor tiene una obra para que todos la hagamos; y si la verdad no está arraigada en el corazón, si los rasgos naturales de carácter no son transformados por el Espíritu Santo, nunca podremos ser colaboradores con Jesucristo. Él yo aparecerá constantemente y el carácter de Cristo no se manifestará en nuestras vidas (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 980).

Hablando de Satanás, el Señor declara que no había verdad en él. Una vez fue hermoso, resplandeciente de luz; pero la Palabra de Dios declara de él: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura”. Satanás instigo a otros a rebelarse, y después de que fueron expulsados del cielo los reunió en una alianza para hacer todo el mal posible al hombre, como el único medio de herir a Dios. Ya excluido del cielo, resolvió vengarse haciendo daño a la hechura de Dios…

El propósito de Satanás ha sido reproducir su propio carácter en los seres humanos. Tan pronto como fue creado el hombre, Satanás resolvió borrar de él la imagen de Dios y colocar su sello donde debiera estar el de Dios. Y ha tenido éxito en instilar en el corazón del hombre el espíritu de envidia, de odio, de ambición. En este mundo ha establecido un reino de oscuridad, del cual él es príncipe, el caudillo de los delitos. Deseaba usurpar el trono de Dios. Como ha fracasado en esto, ha actuado a oscuras en la ilegalidad, en engaño, para usurpar un lugar en los corazones de los hombres. Ha establecido su trono entre Dios y el hombre para apropiarse de la adoración que solo pertenece a Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1119).

La obra de refinamiento y purificación que Dios ejecuta debe proseguir hasta que sus siervos estén tan humillados, tan muertos al yo que, cuando sean llamados al servicio activo, sean sinceros en buscar la gloria de Dios. Entonces él aceptará sus esfuerzos; no obrarán impetuosamente, por impulso; no se apresurarán y pondrán en peligro la causa del Señor, siendo esclavos de tentaciones y pasiones, ni seguirán sus propios ánimos carnales encendidos por Satanás. ¡Oh, cuán terriblemente mancillada queda la causa de Dios por la perversa voluntad del hombre y su genio insumiso! ¡Cuánto sufrimiento trae él sobre sí al seguir sus propias y temerarias pasiones! Dios arroja vez tras vez a los hombres al suelo, y aumenta la presión hasta que la perfecta humildad y una transformación de carácter los pongan en armonía con Cristo y el espíritu del cielo y sean vencedores de sí mismos (Testimonios para la iglesia, t. 4, pp. 89, 90).

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