De Jerusalén A Babilonia

Lee para el estudio de esta semana

2 Reyes 21:10–16; Daniel 1; Gálatas 2:19, 20; Mateo 16:24–26; 2 Corintios 4:17; Santiago 1:5.

Para memorizar

“A estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias; y Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños” (Dan. 1:17).

La Biblia no teme mostrar las debilidades de la humanidad caída. Desde Génesis 3 en adelante, el pecado humano y sus tristes resultados saltan a la vista. Al mismo tiempo, también vemos casos de personas que muestran una gran fidelidad a Dios, incluso cuando se enfrentan a incentivos poderosos para ser cualquier cosa, menos fieles. Y algunos de los ejemplos más conmovedores de esa fidelidad los vemos en el libro de Daniel.

Sin embargo, mientras estudiamos Daniel, tengamos en cuenta que el verdadero héroe del libro es Dios. Estamos tan acostumbrados a las historias que enfatizan la fidelidad de Daniel y sus amigos que podemos olvidarnos de exaltar la fidelidad de aquel que guio y sostuvo a esos cuatro jóvenes mientras confrontaban el poder y el encanto del Imperio Babilónico. Ser fiel ya es un desafío en la propia tierra y lugar, y ni hablar de enfrentar presiones de una tierra, cultura y religión extranjeras. Pero los protagonistas humanos enfrentan los desafíos porque, como el apóstol Pablo, ellos saben “a quién h[an] creído” (2 Tim. 1:12), y en él confían.


Comentarios Elena G.W

Para gloria del Maestro, ambicionad cultivar todas las gracias del carácter. Debéis agradar a Dios en todos los aspectos de la formación de vuestro carácter. Podéis hacerlo, pues Enoc agradó al Señor aunque vivía en una época degenerada. Y en nuestros días también hay Enocs.

Permaneced firmes como Daniel, el fiel hombre de estado a quien ninguna tentación pudo corromper. No chasqueéis a Aquel que os amó de tal manera que dio su propia vida para expiar vuestros pecados. “Sin mí nada podéis hacer”,7 dice. Recordad esto. Si habéis cometido errores, ganáis ciertamente una victoria si los veis y los consideráis señales de advertencia. De ese modo transformáis la derrota en victoria, chasqueando al enemigo y honrando a vuestro Redentor (Palabras de vida del gran Maestro, p. 267).

La providencia de Dios permitió que estos [José y Daniel] fueran llevados cautivos para impartir a naciones paganas las bendiciones que la humanidad recibe por el conocimiento de Dios. Serían los representantes de Jehová. Nunca debían transigir con los idólatras; deberían honrar especialmente su fe religiosa y su nombre como adoradores del Dios viviente.

Ellos lo hicieron así. Honraron a Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, y Dios los honró…

Así también en Daniel, Dios colocó una luz junto al trono del reino más poderoso del mundo; para que todos pudiesen aprender del Dios vivo y verdadero. En la corte de Babilonia había representantes de todos los países, hombres dotados de los más selectos talentos y de abundantes dones naturales, que poseían la más elevada cultura que pudiese otorgar este mundo. Sin embargo, los cautivos hebreos sobresalían entre todos ellos. No tenían rivales en fuerza y belleza física, en vigor mental y logros literarios, ni en fuerza y percepción espirituales (Testimonios para la iglesia, t. 6, pp. 223, 224).

Día tras día, Dios instruye a sus hijos. Por las circunstancias de la vida diaria, los está preparando para desempeñar su parte en aquel escenario más amplio que su providencia les ha designado. Es el resultado de la prueba diaria lo que determina su victoria o su derrota en la gran crisis de la vida.

Los que dejan de sentir que dependen constantemente de Dios, serán vencidos por la tentación. Podemos suponer ahora que nuestros pies están seguros y que nunca seremos movidos. Podemos decir con confianza: Yo sé a quién he creído; nada quebrantará mi fe en Dios y su Palabra. Pero Satanás está proyectando aprovecharse de nuestras características heredadas y cultivadas, y cegar nuestros ojos acerca de nuestras propias necesidades y defectos. Únicamente comprendiendo nuestra propia debilidad y mirando fijamente a Jesús, podemos estar seguros (El Deseado de todas las gentes, pp. 345, 346).

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