Un Pueblo Reincidente

Lee para el estudio de esta semana

Nehemías 13:1–9; Deuteronomio 23:3–6; Nehemías 13:10–14; Números 18:21–24; Nehemías 13:15–22; Juan 5:5–16.

Para memorizar

“Y dije a los levitas que se purificasen y viniesen a guardar las puertas, para santificar el día del reposo. También por esto acuérdate de mí, Dios mío, y perdóname según la grandeza de tu misericordia” (Neh. 13:22).

En el ínterin entre los capítulos 12 y 13, Nehemías regresa a Babilonia. Aunque no sabemos por cuánto tiempo se ausentó, cuando regresó (probablemente, alrededor de 430–425 a.C.), el pueblo había reincidido en sus malos hábitos. Si bien había pactado con Dios en estas cuestiones (no casarse con idólatras, guardar fielmente el sábado, y ocuparse del Templo y su personal mediante los diezmos y las ofrendas [Neh. 10]), había violado las tres promesas.

Cuando Nehemías regresó, los encontró muy descuidados en su devoción a Dios. El pueblo había dejado de devolver los diezmos y las ofrendas, comenzó a usar las salas del Templo para otros fines, dejó de guardar el sábado correctamente e incluso volvió a celebrar matrimonios con las naciones circundantes. Lo peor de todo es que los dirigentes que él había dejado a cargo fueron los que contribuyeron al deterioro de la relación de los israelitas con Dios. No es de extrañar que Nehemías haya quedado devastado cuando se enteró de cuánto habían cambiado. Sin embargo, en lugar de aceptarlo, una vez más, como lo exigía su carácter, intervino para la gloria de Dios.


Comentarios Elena G.W

El origen de todos los pecados y excesos de Salomón se puede encontrar en su gran error al dejar de depender de Dios en lo que respecta a sabiduría, y al no caminar humildemente delante de él.

La lección que debemos aprender de la historia de esta vida pervertida es la necesidad de depender continuamente de los consejos de Dios, de vigilar cuidadosamente las inclinaciones de nuestra conducta, de reformar cada hábito que tienda a alejarnos de Dios. Nos enseña que se necesitan gran precaución, vigilancia y oración para mantener inmaculadas la sencillez y la pureza de nuestra fe. Si nos eleváramos a loa excelencia moral más acabada y lográramos la perfección del carácter religioso, ¡cuánto cuidado emplearíamos en la formación de amistades y en la elección de un cónyuge para la vida! (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, pp. 1024, 1025).

Muchos, como [Salomón], siguen sus propios deseos carnales y establecen vínculos matrimoniales no santificados. Muchos que comienzan su vida, dentro de su esfera limitada, con una mañana tan bella y promisoria como la tuvo Salomón en su excelso cargo, pierden su alma y arrastran a otros consigo a la ruina debido a un paso en falso, irreparable, en su relación matrimonial. Así como las esposas de Salomón desviaron su corazón de Dios y lo inclinaron a la idolatría, también los cónyuges frívolos, no están arraigados en los principios, desvían el corazón de los que una vez fueron nobles y leales, llevándolos a la vanidad, a los placeres corruptores y al vicio absoluto (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, p. 1025).

Los cristianos deben mantenerse distintos y separados del mundo, de su espíritu y de su influencia. Dios tiene pleno poder para guardarnos en el mundo, pero no debemos formar parte de él. El amor de Dios no es incierto ni fluctuante. El vela siempre sobre sus hijos con un cuidado inconmensurable. Pero requiere una fidelidad indivisa. “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón.” Mateo 6:24 (Profetas y reyes, p. 42).

Cuando se ha limpiado el alma, el deber del cristiano es mantenerla inmaculada. Muchos parecen pensar que la religión de Cristo no demanda el abandono de los pecados diarios, la ruptura con los hábitos que habían mantenido el alma en servidumbre. Renuncian a algunas cosas condenadas por la conciencia, pero no representan a Cristo en la vida diaria….

Para guardar el corazón debemos ser constantes en la oración e incansables en las peticiones en procura de ayuda ante el trono de la gracia. Los que toman el nombre de cristianos debieran acudir a Dios suplicando ayuda con fervor y humildad. El Salvador nos ha dicho que oremos sin cesar. El cristiano no puede estar siempre en una posición que indique que está orando, pero puede elevar constantemente sus pensamientos y deseos. Nuestra confianza propia se desvanecería si habláramos menos y oráramos más (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, p. 1175).

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