Dios Y El Pacto

Lee para el estudio de esta semana

Nehemías 10:1–29; Génesis 4:8–19; Hebreos 13:20; Josué 24; Nehemías 10:30–39; Hebreos 8:1–7.

Para memorizar

“A causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel promesa, y la escribimos, firmada por nuestros príncipes, por nuestros levitas y por nuestros sacerdotes […] y no abandonaremos la casa de nuestro Dios” (Neh. 9:38; 10:39).

¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla del “Pacto”? La explicación más fácil de este tipo de pacto bíblico es que es el establecimiento legal de una relación entre Dios y su pueblo. Es Dios quien dice: “Tú eres mi pueblo y yo soy tu Dios”. Más allá de esto, podemos ver que se usaban pactos escritos entre otros pueblos en el mundo antiguo, a menudo entre los dirigentes y sus vasallos.

Estos pactos se establecían porque eran beneficiosos para ambas partes. El dirigente cuidaba al pueblo y el pueblo le pagaba tributo. Pero con Dios, el Pacto era diferente. Dios en realidad no obtenía nada de él, y no obstante prometía serle fiel, incluso cuando el pueblo no le era fiel. De hecho, las bendiciones y las maldiciones sujetas al Pacto posibilitaban que los israelitas supieran que habían estado infringiendo el Pacto cuando empezaban a suceder cosas malas.

Esta semana, veremos el pacto que los israelitas renovaron con Dios, en Nehemías 10, y también analizaremos información general sobre la historia y la importancia de hacer pactos en la Biblia.


Comentarios Elena G.W

Si el hombre hubiera guardado la ley de Dios, tal como le fué dada a Adán después de su caída, preservada por Noé y observada por Abrahán, no habría habido necesidad del rito de la circuncisión. Y si los descendientes de Abrahán hubieran guardado el pacto del cual la circuncisión era una señal, jamás habrían sido inducidos a la idolatría, ni habría sido necesario que sufrieran una vida de esclavitud en Egipto; habrían conservado el conocimiento de la ley de Dios, y no habría sido necesario proclamarla desde el Sinaí, o grabarla sobre tablas de piedra. Y si el pueblo hubiera practicado los principios de los diez mandamientos, no habría habido necesidad de las instrucciones adicionales que se le dieron a Moisés (Patriarcas y profetas, p. 379).

Cuando Moisés estaba recibiendo la ley de Dios en el monte, el Señor le informó en cuanto al pecado del rebelde Israel y le pidió que los dejara ir, para que pudiera destruirlos. Pero Moisés intercedió ante Dios en favor del pueblo. Aunque Moisés fue el hombre más manso que haya vivido, sin embargo cuando estuvieron en juego los intereses del pueblo sobre el cual Dios lo había nombrado como dirigente, perdió su timidez natural y con singular persistencia y audacia maravillosa intercedió ante Dios en favor de Israel. No consentiría en que Dios destruyera a su pueblo, aunque Dios prometió que al destruirlos exaltaría a Moisés y levantaría a un pueblo mejor que Israel.

Moisés prevaleció. Dios le concedió su ferviente petición de no destruir a su pueblo. Moisés tomó las tablas del pacto, la Ley de los Diez Mandamientos, y descendió del monte. La jarana tumultuosa y de borrachos de los hijos de Israel llegó a sus oídos mucho antes de arribar al campamento. Cuando vio su idolatría y que habían quebrantado en la manera más manifiesta las palabras del pacto, se sintió abrumado de tristeza e indignación ante su ruin idolatría. Se sintió dominado por la confusión y vergüenza por lo que habían hecho, y allí arrojó las tablas y las rompió. Como ellos habían quebrantado su pacto con Dios, Moisés, al quebrar las tablas, les indicó que así también Dios había roto su pacto con ellos. Las tablas sobre las cuales fue escrita la Ley de Dios fueron rotas (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 328).

Los que se han levantado con Cristo para andar en novedad de vida, son los elegidos de Dios. Son santos frente al Señor, y él los reconoce como sus amados. Como tales, están bajo el solemne pacto de distinguirse manifestando humildad de mente. Deben revestirse del manto de justicia. Están separados del mundo, de su espíritu, de sus prácticas, y deben revelar que están aprendiendo de él… Si comprenden que han muerto con Cristo, si mantienen su voto bautismal, el mundo no tendrá poder para apartarlos con el fin de que nieguen a Cristo. Si viven la vida de Cristo en este mundo, son participantes de la naturaleza divina (Sons and Daughters of God, p. 133; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 135).

16/11/2019

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