Nuestro Dios Perdonador

Lee para el estudio de esta semana

Nehemías 9:1–3; Daniel 9:4–19; Nehemías 9:4–8; Colosenses 1:16, 17; Nehemías 9:9–38; Romanos 5:6–8.

Para memorizar

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).

Una vez terminada la Fiesta de los Tabernáculos (Sucot), los dirigentes reunieron nuevamente al pueblo. Acababan de celebrar; ahora era tiempo de retomar al asunto pendiente de la confesión y el arrepentimiento delante de Dios por sus pecados.

Sí, anteriormente, los dirigentes les habían dicho que dejaran de llorar y de estar tristes por sus faltas, pero eso no significa que el dolor y la confesión no sean importantes. Por lo tanto, ahora que habían celebrado las fiestas, era hora de una confesión adecuada.

El orden de los acontecimientos presentados aquí no significa necesariamente que esa sea la secuencia en la que siempre se experimenten el gozo y la confesión; tampoco significa que solo deba seguirse el orden inverso. Aunque naturalmente podemos seguir primero el orden de confesión, seguido de una celebración, tal vez la celebración de Dios en nuestra vida debería ser lo primero. Al fin y al cabo, Romanos 2:4 nos dice que es la “la bondad de Dios” (NTV) lo que nos lleva al arrepentimiento.


Comentarios Elena G.W

“El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas el que las confiesa y las abandona, alcanzará misericordia” Proverbios 28:13 (VM). Si los que esconden y disculpan sus faltas pudiesen ver cómo Satanás se alegra de ello, y los usa para desafiar a Cristo y sus santos ángeles, se apresurarían a confesar sus pecados, y a renunciar a ellos. De los defectos de carácter se vale Satanás para intentar dominar toda la mente, y sabe muy bien que si se conservan estos defectos, lo logrará. De ahí que trate constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de que les es imposible vencer. Pero Jesús aboga en su favor con sus manos heridas, su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirle: “Bástate mi gracia”. 2 Corintios 12:9. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11:29, 30. Nadie considere, pues, sus defectos como incurables. Dios concederá fe y gracia para vencerlos (El conflicto de los siglos, p. 479).

Aquellos que miren durante un tiempo suficiente en el espejo divino para ver y despreciar sus pecados, su desemejanza con el manso y humilde Jesús, tendrán fuerza para vencer. Todos los que realmente creen, confesarán y olvidarán sus pecados. Cooperarán con Cristo en la obra de controlar sus tendencias al mal, hereditarias y cultivadas, para que el pecado no tenga dominio sobre ellos. Mirando a Jesús, el autor y consumador de su fe, serán transformados a su semejanza. Crecerán hasta la plena estatura de hombres y mujeres en Jesús. … Aquellos que realmente creen, que confiesan y olvidan sus pecados, llegarán a ser cada vez más semejantes a Cristo, hasta que en el cielo pueda decirse de ellos: “En él estáis cumplidos”. Colosenses 2:10 (Nuestra elevada vocación, p. 119).

El amor de Dios aún implora al que ha escogido separarse de él, y pone en acción influencias para traerlo de vuelta a la casa del Padre. El hijo pródigo volvió en sí en medio de su desgracia. Fue quebrantado el engañoso poder que Satanás había ejercido sobre él. Se dio cuenta de que su sufrimiento era la consecuencia de su propia necedad, y dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre”. Desdichado como era, el pródigo halló esperanza en la convicción del amor de su padre. Fue ese amor el que lo atrajo hacia el hogar. Del mismo modo, la seguridad del amor de Dios constriñe al pecador a volverse a Dios. “Su benignidad te guía a arrepentimiento”. [Romanos 2:4]. La misericordia y compasión del amor divino, a manera de una cadena de oro, rodea a cada alma en peligro. El Señor declara: “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia”. Jeremías 31:3.

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