El Llamado De Dios

Lee para el estudio de esta semana

Esdras 7:10; Nehemías 1:1–11; Daniel 9:24–27; Daniel 8; Romanos 8:28, 29; Romanos 9; Éxodo 3; Éxodo 4.

Para memorizar

“Bendito Jehová Dios de nuestros padres, que puso tal cosa en el corazón del rey, para honrar la casa de Jehová que está en Jerusalén” (Esd. 7:27).

¿Llama Dios a cada persona a una tarea específica? ¿Existen criterios que hagan que alguien esté más calificado que otros para una determinada tarea? Esos criterios ¿son diferentes para los ojos humanos que para los de Dios? La mayoría probablemente diría que sí, especialmente a las dos últimas preguntas. Hay momentos en que Dios nos prepara, a través de la educación o las experiencias, para una tarea específica; en otras ocasiones, él nos elige para servir simplemente porque estamos dispuestos y somos humildes. Sin embargo, no siempre es fácil saber cuál es el llamado de Dios en nuestra vida, ¿verdad? No obstante, la Biblia está llena de historias de personas que Dios escogió para una tarea en particular.

Curiosamente, Esdras y Nehemías fueron llamados por Dios para una tarea específica: reconstruir lo que estaba en ruinas. Sin embargo, la reconstrucción, en este caso, implicaba varias tareas. Debían llevar al pueblo de Israel de regreso a Jerusalén, y reconstruir el Templo y la ciudad. Al mismo tiempo, debían enseñarle al pueblo acerca de Dios y, ante todo, guiarlo de vuelta a una relación de compromiso con él.


Comentarios Elena G.W

En todo período de la historia de esta tierra, Dios tuvo hombres a quienes podía usar como instrumentos oportunos a los cuales dijo: “Sois mis testigos.” En toda edad hubo hombres piadosos, que recogieron los rayos de luz que fulguraban en su senda, y hablaron al pueblo las palabras de Dios. Enoc, Noé, Moisés, Daniel y la larga lista de patriarcas y profetas, todos fueron ministros de justicia. No fueron infalibles; eran hombres débiles, sujetos a yerro; pero el Señor obró por su medio a medida que se entregaban a su servicio.

Desde su ascensión, Cristo, la gran cabeza de la iglesia, ha llevado a cabo su obra en el mundo por medio de embajadores escogidos, mediante los cuales habla a los hijos de los hombres, y atiende a sus necesidades. La posición de aquellos que han sido llamados por Dios a trabajar en palabra y doctrina para la edificación de su iglesia, está rodeada de grave responsabilidad. Ocupan ellos el lugar de Cristo, en la obra de exhortar a hombres y mujeres a reconciliarse con Dios; y únicamente en la medida en que reciban de lo alto sabiduría y poder podrán cumplir su misión (Obreros evangélicos, p. 13).

Trabajar para Dios y la salvación de las almas es el llamado más elevado y noble que el hombre jamás haya recibido o pueda recibir. Las pérdidas y las ganancias en este aspecto son de gran importancia; porque los resultados no terminan con esta vida, sino que se extienden hacia la eternidad….

[N]o importa a qué clase de negocio estéis dedicados, o a qué departamento de la obra estéis asignados, llevad vuestra religión con vosotros. Dios y el cielo no deben faltar en la experiencia y obra de la vida. Los obreros en esta causa deben guardarse de no convertirse en hombres unilaterales, dejando que se vea solamente el aspecto mundanal de su carácter (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 387).

El mandato que dio el Salvador a los discípulos incluía a todos los creyentes en Cristo hasta el fin del tiempo. Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas sólo depende del ministro ordenado. Todos aquellos a quienes llegó la inspiración celestial, reciben el Evangelio en cometido. A todos los que reciben la vida de Cristo se les ordena trabajar para la salvación de sus semejantes. La iglesia fue establecida para esta obra, y todos los que toman sus votos sagrados se comprometen por ello a colaborar con Cristo….

Cualquiera sea la vocación de uno en la vida, su primer interés debe ser ganar almas para Cristo. Tal vez no pueda hablar a las congregaciones, pero puede trabajar para los individuos. Puede comunicarles la instrucción recibida de su Señor. El ministerio no consiste sólo en la predicación. Ministran aquellos que alivian a los enfermos y dolientes, que ayudan a los menesterosos, que dirigen palabras de consuelo a los abatidos y a los de poca fe. Cerca y lejos, hay almas abrumadas por un sentimiento de culpabilidad. No son las penurias, los trabajos ni la pobreza lo que degrada a la humanidad. Es la culpabilidad, el hacer lo malo. Esto trae inquietud y descontento. Cristo quiere que sus siervos ministren a las almas enfermas de pecado (El Deseado de todas las gentes, p. 761).

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