Una Comunidad De Siervos

Lee para el estudio de esta semana

2 Corintios 2:14-16; Éxodo 32:1-14; 1 Pedro 2:12; Filipenses 2:15; Efesios 2:19; Hebreos 10:23-25.

Para memorizar

“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:23, 24).

Al tratar de cumplir la misión cristiana, no debemos subestimar el potencial de la iglesia como una comunidad organizada de creyentes. Ya hemos mencionado los desafíos que podemos enfrentar al intentar afrontar la injusticia y la pobreza. Pero al trabajar con hermanos creyentes en una comunidad de fe, podemos ser una bendición para quienes nos rodean.

Existe la tentación de que nos distraigamos con la marcha propia de la iglesia, y nos olvidemos de que la iglesia existe para servir al mundo en el que Dios la ha puesto. Como organización eclesiástica, no debemos ignorar el sufrimiento ni el mal que existen a nuestro alrededor. Juntos, como comunidad y organización eclesiástica, somos el cuerpo de Cristo (ver 1 Cor. 12:12-20). Por ende, como comunidad debemos andar como lo hizo Jesús, llegar a la gente como lo hizo Jesús, y servir como si fuésemos las manos, los pies, la voz y el corazón de Jesús en el mundo actual.


Comentarios Elena G.W

Aquellos que pertenecen a la familia de la fe nunca debieran dejar de reunirse, porque éste es el medio que Dios ha designado para conducir a sus hijos a la unidad, a fin de que con amor y compañerismo cristiano se ayuden y fortalezcan y animen unos a otros.

Como hermanos en nuestro Señor, somos llamados por una santa vocación a una vida santa y feliz. Habiendo entrado por la senda estrecha de la obediencia, refresquemos nuestras mentes mediante la comunión de unos con otros y con Dios. Mientras vemos aproximarse el día de Dios, reunámonos a menudo para estudiar su Palabra y exhortarnos unos a otros a ser fieles hasta el fin. Estas reuniones son el medio designado por Dios por el cual tenemos la oportunidad de hablarnos unos a otros y de obtener toda la ayuda posible para prepararnos en forma debida, a fin de recibir en las asambleas celestiales el cumplimiento de la promesa de nuestra heredad (Nuestra elevada vocación, p. 168).

Dios está llamando a hombres que estén dispuestos a abandonarlo todo para hacerse misioneros suyos, y el llamamiento recibirá respuesta. En toda edad, desde el advenimiento de Cristo, la comisión evangélica impulsó a hombres y mujeres a ir hasta los cabos de la tierra para proclamar las buenas nuevas de la salvación a los que habitaban en tinieblas. Conmovidos por el amor de Cristo y las necesidades de los perdidos, hubo hombres que dejaron las comodidades del hogar y la compañía de amigos, aun la de su esposa e hijos para ir a países extranjeros, entre idólatras y salvajes, a proclamar el mensaje de misericordia. Muchos perdieron la vida en la tentativa, pero otros se levantaron para proseguir la obra. Así ha progresado la causa de Cristo paso a paso y la semilla sembrada en medio de pesares rindió abundante mies. El conocimiento de Dios se extendió, y el estandarte de la cruz se enarboló en tierras paganas.

No hay nada más precioso a la vista de Dios que sus ministros, que van a los lugares yermos de la tierra para sembrar la semilla de la verdad, esperanzados en la mies. Nadie sino Cristo puede medir la solicitud de sus siervos mientras buscan a los perdidos. Él les imparte su espíritu, y hay almas que por sus esfuerzos son inducidas a apartarse del pecado y acercarse a la justicia (Obreros evangélicos, pp. 479, 480).

Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse unos a otros. Jesús aguardó un rato para ver lo que iban a hacer. Luego él, el Maestro divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un lado el manto exterior que habría impedido sus movimientos, tomó una toalla y se ciñó… Esta acción abrió los ojos de los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón. Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.

Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba fácilmente… Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de un siervo (El Deseado de todas las gentes, pp. 600, 601).

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