Amar Misericordia

Lee para el estudio de esta semana

Mateo 6:25-33; Santiago 1:5-8; 2:15, 16; Isaías 52:7; 1 Juan 3:16-18; Isaías 58:1-10.

Para memorizar

“Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo. El hombre de bien tiene misericordia, y presta; gobierna sus asuntos con juicio” (Sal. 11:4, 5).

Como hemos visto, la Biblia está llena de fervorosas descripciones del interés de Dios por los pobres y oprimidos, y también de llamados a su pueblo a trabajar en favor de ellos. A pesar de la atención que se le da a estos temas, este mandato bíblico solo ha tenido un cumplimiento esporádico y parcial, y se completará solo con la venida de Cristo y los acontecimientos sobrenaturales que le siguen.

Mientras tanto, el mal persiste en muchas formas, alimentado por las oscuras influencias espirituales del diablo y sus ángeles. Este mal a menudo se hace más visible en la pobreza, la violencia, la opresión, la esclavitud, la explotación, el egoísmo y la codicia. En un mundo así, nuestra comunidad, nuestra iglesia y nuestra familia deben luchar contra estos males sin importar lo difícil que sea a veces. En respuesta al amor y los mandamientos de Dios, viviendo a la luz del ministerio y el sacrificio de Jesús, y capacitados y guiados por la presencia del Espíritu Santo, debemos ser compasivos, creativos y valientes mientras tratamos de “hacer justicia, y amar misericordia, y humillar[nos] ante [nuestro] Dios” (Miq. 6:8).


Comentarios Elena G.W

Nuestro Salvador experimentaba una tierna simpatía por los pobres y dolientes. Y si nosotros somos seguidores de Cristo debemos cultivar también la compasión y la simpatía. El amor por la humanidad doliente debe reemplazar a la indiferencia por la aflicción humana. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán que se les ayude. Entre ellos existe una dorada oportunidad para proclamar el evangelio y para poner en alto el nombre de Jesús, la única esperanza y consolación del ser humano. Cuando la persona que sufre obtiene sanidad, y se ha demostrado un interés viviente por el alma afligida, entonces el corazón se abre y se puede derramar el bálsamo celestial sobre él. Si acudimos a Jesús y obtenemos de él conocimiento, fortaleza y gracia, podremos impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador está con nosotros (Consejos sobre la salud, p. 34).

Este es el servicio que Dios ha escogido: “Desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo … y no te escondas de tu carne”. [Isaías 58:6, 7] Cuando comprendáis que sois pecadores salvados solamente por el amor de vuestro Padre celestial, sentiréis tierna compasión por otros que están sufriendo en el pecado. No afrontaréis más la miseria y el arrepentimiento con celos y censuras. Cuando el hielo del egoísmo de vuestros corazones se derrita, estaréis en armonía con Dios, y participaréis de su gozo por la salvación de los perdidos.

Es cierto que pretendes ser hijo de Dios, pero si esta pretensión es verdadera, es “tu hermano” el que “muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado”. Está unido a ti por los vínculos más estrechos; porque Dios lo reconoce como hijo. Si niegas tu relación con él, demuestras que no eres sino asalariado en la casa, y no hijo en la familia de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 166).

Ningún miembro de la familia puede encerrarse en sí mismo, donde otros miembros de la familia no sientan su influencia y espíritu. La misma expresión de su semblante ejerce una influencia para bien o para mal. Su espíritu, sus palabras, sus acciones y su actitud hacia los demás son evidentes… mientras que si está henchido del amor de Cristo, manifestará cortesía, bondad, tierna consideración por los sentimientos ajenos y por sus actos de amor comunicará a quienes le traten una emoción feliz de ternura y agradecimiento. Será evidente que vive para Jesús y aprende diariamente lecciones a sus pies al recibir su luz y su paz. Podrá decir al Señor: “Tu mansedumbre me ha engrandecido” (El hogar cristiano, p. 27).

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