De Qué Manera Vivir La Esperanza Adventista

Lee para el estudio de esta semana

Lucas 18:1-8; Mateo 24 y Mateo 25; 1 Corintios 15:12-19; Eclesiastés 8:14; 12:13, 14; Apocalipsis 21:1-5; 22:1-5.

Para memorizar

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Cor. 15:58).

Jesús anunció el Reino de Dios como una realidad actual de la que podemos ser parte hoy. Pero Jesús también dejó en claro que su Reino era un reino diferente, “no es de este mundo” (Juan 18:36), y que aún no ha alcanzado su plenitud. Mediante su encarnación, ministerio, muerte y resurrección, se estableció el Reino de Dios, pero Jesús también anhelaba el momento en que su Reino reemplazaría completamente a los reinos de este mundo, y el reinado de Dios se consumaría.

Por definición, los adventistas son un pueblo de esperanza. Pero esta esperanza no se trata solo de un nuevo mundo futuro. La esperanza transforma el presente ahora. Con esa esperanza, vivimos el presente como esperamos vivir en el futuro, y comenzamos a trabajar para marcar la diferencia de una manera que encaje con la forma en que esperamos que sea el mundo algún día.


Comentarios Elena G.W

Glorioso es el triunfo que aguarda al fiel. El apóstol [Pablo], comprendiendo las posibilidades que estaban por delante de los creyentes corintios, trató de exponerles algo que los elevara del egoísmo y la sensualidad y glorificase su vida con la esperanza de la inmortalidad. Fervorosamente los exhortó a ser leales a su alta vocación en Cristo. “Hermanos míos amados —les suplicó—, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano”.

Así el apóstol, de la manera más decidida y expresiva, se esforzó por corregir las falsas y peligrosas ideas y prácticas que prevalecían en la iglesia de Corinto. Habló claramente, pero con amor por sus almas. Mediante sus amonestaciones y reproches, brilló sobre ellos la luz del trono de Dios, para revelar los pecados ocultos que estaban manchando sus vidas (Los hechos de los apóstoles, p. 258).

Cuando él [Jesús] envió a los doce, les dijo: “Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios: de gracia recibisteis, dad de gracia”. [Mateo 10:7, 8] Ellos no habían de arreglar los asuntos temporales de la gente. Su obra era persuadir a los hombres a reconciliarse con Dios. En esta obra estribaba su poder de bendecir a la humanidad. El único remedio para los pecados y dolores de los hombres es Cristo. Únicamente el evangelio de su gracia puede curar los males que azotan a la sociedad. La injusticia del rico hacia el pobre, el odio del pobre hacia el rico, tienen igualmente su raíz en el egoísmo, el cual puede extirparse únicamente por la sumisión a Cristo. Solamente él da un nuevo corazón de amor en lugar del corazón egoísta de pecado. Prediquen los siervos de Cristo el evangelio con el Espíritu enviado desde el cielo, y trabajen como él lo hizo por el beneficio de los hombres. Entonces se manifestarán, en la bendición y la elevación de la humanidad, resultados que sería totalmente imposible alcanzar por el poder humano (Palabras de vida del gran Maestro, p. 200).

El reino de Dios viene sin manifestación exterior. El evangelio de la gracia de Dios, con su espíritu de abnegación, no puede nunca estar en armonía con el espíritu del mundo. Los dos principios son antagónicos…

Pero hoy hay en el mundo religioso multitudes que creen estar trabajando para el establecimiento del reino de Cristo como dominio temporal y terrenal. Desean hacer de nuestro Señor el Rey de los reinos de este mundo, el gobernante de sus tribunales y campamentos, de sus asambleas legislativas, sus palacios y plazas. Esperan que reine por medio de promulgaciones legales, impuestas por autoridad humana. Como Cristo no está aquí en persona, ellos mismos quieren obrar en su lugar ejecutando las leyes de su reino. El establecimiento de un reino tal es lo que los judíos deseaban en los días de Cristo… Pero él dijo: “Mi reino no es de este mundo” Juan 18:36.

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