El Servicio En La Iglesia Del Nuevo Testamento

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 2:42-47; 4:32-37; Mateo 25:38, 40; Hechos 9:36; 2 Corintios 8:7-15; Romanos 12; Santiago 2:1-9.

Para memorizar

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Sant. 1:27).

Los versículos que conocemos como la Gran Comisión (Mat. 28:18-20) se encuentran entre los más famosos de la Biblia, al menos entre los cristianos. A menudo han sido descriptos como nuestra declaración de misión y han inspirado todo tipo de proyectos misioneros y de evangelización. De hecho, inspirados en estos textos, los cristianos han viajado por todo el mundo, a veces a un gran costo personal, para difundir el evangelio.

¿Y qué ordenó Jesús en la Gran Comisión? Hacer discípulos, bautizarlos y enseñarles “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mat. 28:20). Y, como hemos visto, gran parte de lo que Jesús nos ordenó tiene que ver con cuidar a los necesitados, los que sufren, los que no pueden cuidarse a sí mismos. Por consiguiente, debemos recordar que estas instrucciones para los primeros discípulos de Jesús no eran tanto una tarea nueva, sino más bien una continuación de la misión que Jesús ya había estado haciendo entre ellos. Por ende, este aspecto de la enseñanza de Jesús es evidente en la vida de la nueva comunidad de la iglesia como parte del cumplimiento de la Gran Comisión.


Comentarios Elena G.W

Los miembros de la iglesia [primitiva] estaban unidos en sentimiento y acción. El amor a Cristo era la cadena de oro que los unía. Progresaban en un conocimiento del Señor cada vez más perfecto, y en sus vidas se revelaba el gozo y la paz de Cristo. Visitaban a los huérfanos y a las viudas en su aflicción, y se guardaban sin mancha del mundo, pues comprendían que de no hacerlo, estarían contradiciendo su profesión y negando a su Redentor.

La obra se llevaba adelante en cada ciudad. Se convertían almas y a su vez estas sentían que era su deber hablar a otros acerca del inestimable tesoro que habían recibido. No podían descansar hasta que la luz que había iluminado sus mentes brillara sobre otros. Multitudes de incrédulos se enteraron de las razones de la esperanza cristiana. Se hacían fervientes e inspiradas súplicas personales a los errantes, a los perdidos y a los que, aunque profesaban conocer la verdad, eran más amadores de los placeres que de Dio (Los hechos de los apóstoles, p. 463).

El mandato dado a los discípulos nos es dado también a nosotros. Hoy día, como entonces, un Salvador crucificado y resucitado ha de ser levantado delante de los que están sin Dios y sin esperanza en el mundo. El Señor llama a pastores, maestros y evangelistas. De puerta en puerta han de proclamar sus siervos el mensaje de salvación. A toda nación, tribu, lengua y pueblo se han de proclamar las nuevas del perdón por Cristo. El mensaje ha de ser dado, no con expresiones atenuadas y sin vida, sino en términos claros, decididos y conmovedores. Centenares están aguardando la amonestación para poder escapar a la condenación. El mundo necesita ver en los cristianos una evidencia del poder del cristianismo. No meramente en unos pocos lugares, sino por todo el mundo, se necesitan mensajes de misericordia (Obreros evangélicos, p. 29).

Entre aquellos a quienes el Salvador había dado la comisión: “Id, y doctrinad a todos los Gentiles” (Mateo 28:19), se contaban muchos de clase social humilde, hombres y mujeres que habían aprendido a amar a su Señor, y resuelto seguir su ejemplo de abnegado servicio. A estos humildes hermanos, así como a los discípulos que estuvieron con el Salvador durante su ministerio terrenal, se les había entregado un precioso cometido. Debían proclamar al mundo la alegre nueva de la salvación por Cristo.

Al ser esparcidos por la persecución, salieron llenos de celo misionero. Comprendían la responsabilidad de su misión. Sabían que en sus manos llevaban el pan de vida para un mundo famélico; y el amor de Cristo los movía a compartir este pan con todos los necesitados. El Señor obró por medio de ellos. Doquiera iban, sanaban los enfermos y los pobres oían la predicación del evangelio (Los hechos de los apóstoles, p. 87).

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