Una comunidad de siervos

«Mantengámonos firmes, sin dudar, en la esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá la promesa que nos ha hecho. Busquemos la manera de ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien». Hebreos 10: 23-24

En aquella fiesta de Pascua, nadie quería realizar la labor de un sirviente. Sin embargo, eso es lo que Cristo nos pide que hagamos. Mediante su ejemplo, él muestra estar dispuesto a servirnos y nos llama a hacer lo mismo con los miembros de la sociedad que no pueden ayudarse a sí mismos.

Una demostración de orgullo

Introducción: Mateo 17: 28; Hebreos 10: 22-24

Aquel joven de nombre Sean se sentía muy orgulloso de su nuevo auto. Aparte de la novedad de ser dueño de su primer automóvil, también era una de esas personas que valoraba las cosas por las que trabajaba. Él se enorgullecía al lavar su auto con la mayor atención a los detalles. Pasaba horas aspirando las alfombras, limpiando los asientos y limpiando todas las posibles rendijas donde se pudiera acumular el polvo. Pulía su automóvil regularmente, e incluso compró un equipo profesional para obtener la máxima excelencia estética. No era ajeno a los comentarios halagadores respecto a la nítida condición de su vehículo, su orgullo y deleite.

El orgullo de Sean le impidió reconocer que estaba alejando a las amistades que debía cultivar.

Lamentablemente, el auto de Sean únicamente le era útil a él. Todo pasajero tenía que soportar comentarios desdeñosos sobre sus zapatos que le ensuciaban las alfombras, o a causa de las migajas de comida que quedaban en los asientos. En ocasiones Sean rechazaba abiertamente montar a sus amigos y familiares en su auto, sencillamente porque acababa de limpiarlo y no quería que se ensuciara de nuevo. Se quejaba del precio del combustible si alguien le pedía que lo transportara. El auto de Sean se convirtió en un ídolo al que estaba dedicado por entero. La gente que lo conocía pronto se mostró renuente a acercarse a él por cualquier motivo relacionado con su precioso automóvil. Lo peor es que el orgullo de Sean le impidió reconocer que estaba alejando a las amistades que debía cultivar.

Como una comunidad organizada de creyentes, a menudo nos encontramos en la misma posición de Sean. Hacemos todo lo posible para equipar nuestras iglesias con todo lo necesario para su buen funcionamiento. Nos enfocamos tanto en el aspecto físico de la iglesia que perdemos de vista nuestro principal objetivo. La iglesia fue establecida para ser un faro en la comunidad, un faro de esperanza; el cuerpo de Cristo debe permanecer ocupado en el servicio a los que lo rodean. Debemos servir a los demás, así como Cristo no vino para que le sirvieran, sino para servir (Mat. 20: 28). Ministrar no solo se refiere a nuestra encomienda de enseñar, predicar y bautizar, sino que también incluye responder a los clamores de ayuda de nuestras comunidades, así como satisfacer necesidades específicas.

Esta semana recordemos nuestro verdadero propósito como cuerpo de Cristo. Procuremos llevar a otras personas a él. La iglesia no se debe enfrascar en un desfile pretencioso, sino en un caminar que la lleve a convertirse en una comunidad con inclinación misionera.

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