Promesas para un mundo mejor

«No seas vengativo ni rencoroso con tu propia gente. Ama a tu prójimo, que es como tú mismo. Yo soy el Señor». Levítico 19: 18

Como el mundo ha caído en pecado, se creó un plan para devolverlo a su antigua gloria: un plan en el que todos participamos.

Conocer a Dios es conocer la justicia

Introducción: Proverbios 31: 8; Miqueas 6: 8; Zacarías 7: 9-1O; Juan 13: 34-35

Parecería que los seres humanos hemos hecho grandes avances durante los últimos siglos con relación a la justicia y a la igualdad para todos. Hemos sido testigo del movimiento norteamericano en favor de los derechos civiles (1899-1920), el movimiento en favor del valor de la vida de los afroamericanos «Black lives matter» (2013), o el movimiento en pro de los derechos de las mujeres #yotambién (2017). Sin embargo, con solo observar nuestro mundo es un hecho que estamos muy lejos del ideal divino. Todavía abundan la opresión, la desigualdad racial y educativa, las injusticias económicas, la explotación y diversos tipos de violencia que afectan a los más vulnerables.

En esencia, en el mismo corazón de la justicia reside el sencillo, aunque profundo, principio del amor.

Nos quedamos cortos porque nuestro sistema judicial y nuestras ideas respecto a la justicia social tienen muchas fallas. No podemos practicar correctamente la justicia mediante leyes seculares a la par que desoímos al Dador de la justicia y Creador de todo lo justo.

Reconocemos que, en un panorama más amplio, únicamente Dios puede administrar justicia a este mundo malvado, y lo hará cuando regrese. Sin embargo, aceptamos que nos corresponde participar activamente en toda manifestación de justicia social, pues somos seguidores de aquel que es perfectamente justo. Nuestro conocimiento y comprensión de Dios se reflejan en la manera que compartimos su pasión por la justicia.

Él nos instruye para que, mientras permanezcamos en este mundo, cuidemos de los más vulnerables y demostremos su carácter mediante actos de amor. En Miqueas 6: 8, Dios nos dice: «El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu, Dios». Claramente Dios nos dice que actuemos en el momento que veamos alguna injusticia. No es opcional para el pueblo de Dios; es parte integral de lo que debemos ser.

También se nos dice: «Levanta la voz por los que no tienen voz; ¡defiende a los indefensos!» (Prov. 31: 8); y que debemos cimentar nuestras vidas en el amor a Dios y al prójimo. Escucha su voz que te dice: «Sean ustedes rectos en sus juicios, y bondadosos y compasivos unos con otros. No opriman a las viudas, ni a los huérfanos, ni a los extranjeros, ni a los pobres. No piensen en cómo hacerse daño unos a otros» (Zac. 7: 9-10).

En esencia, en el mismo corazón de la justicia reside el sencillo, aunque profundo, principio del amor. Nuestro amor a Dios se mide por el amor que tengamos a los demás. Es por eso que Jesús nos ordena: «Que se amen los unos a los otros» (Juan 13: 34), lo cual nos llevará a tratar a los demás con justicia. Eso, de acuerdo con Jesús, será lo que demuestre al mundo que somos cristianos: nuestro amor por los demás (Juan 13: 35).

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