Cómo Reconciliarse En El Tiempo Del Fin

Lee para el estudio de esta semana

Malaquías 4:5, 6; Mateo 11:14, 15; 17:10; 1 Reyes 16:29-17:24; 18:20 al 45; Mateo 3:2.

Para memorizar

“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:5, 6).

Cualquiera que sea la fase por la que atraviesa tu familia, cualquiera que sea la etapa, cualquiera que sea nuestra condición o la de nuestra familia en este momento, podemos y debemos vivir a la luz de las promesas de Dios, aferrándonos de ellas con todo nuestro corazón, alma y fuerzas, porque, en última instancia, son nuestra única esperanza. Pero ¡qué gran esperanza tenemos! La Palabra de Dios abunda en promesas; promesas que, en cualquier etapa de nuestra vida o de nuestra familia, podemos reclamar para nosotros, para nuestros seres queridos, para nuestra familia y nuestra iglesia.

En esta la última semana del trimestre, veremos algunas historias bíblicas, promesas y experiencias de varios contextos. Trataremos de extraer lecciones para nosotros hoy, cualquiera que sea nuestro contexto. Porque muy probablemente tengas dificultades, temores y preocupaciones, más allá de quién seas, del lugar donde estés y de cuál sea la fase de tu vida. Afortunadamente, adoramos a un Dios que no solo sabe lo que enfrentamos, sino también estamos seguros de que va delante de todo ello.


Comentarios Elena G.W

En sus promesas y amonestaciones, Jesús se dirige a mí. Dios amó de tal manera al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que, creyendo en él, yo no perezca, sino tenga vida eterna. Lo experimentado según se relata en la Palabra de Dios ha de ser lo que yo experimente. La oración y la promesa, el precepto y la amonestación, son para mí. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” [Gálatas 2:20]…

Mirando constantemente a Jesús con el ojo de la fe, seremos fortalecidos. Dios hará las revelaciones más preciosas a sus hijos hambrientos y sedientos. Hallarán que Cristo es un Salvador personal. A medida que se alimenten de su Palabra, hallarán que es espíritu y vida… Por el factor transformador de su gracia, la imagen de Dios se reproduce en el discípulo; viene a ser una nueva criatura. El amor reemplaza al odio y el corazón recibe la semejanza divina. Esto es lo que quiere decir vivir de “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto es comer el Pan que descendió del cielo (El Deseado de todas las gentes, p. 355).

No hable ni de su ineficiencia ni de sus defectos. Cuando la desesperación parezca pasar como tromba por sobre su alma, contemple a Jesús y diga: “Él vive para interceder por mí”. Olvide lo que queda atrás y crea en la promesa: “Vendré a vosotros”, y moraré “con vosotros”…

¿Es fiel Jesús? ¿Quiere decir realmente lo que dice? Conteste decididamente: Sí, efectivamente. Luego, si esto ya está definido, reclame por fe toda promesa que él haya hecho, y reciba la bendición; porque el aceptar por fe sus promesas da vida al alma. Puede creer que Jesús le es fiel aunque se sienta el más débil y el más indigno de sus hijos. Y cuando usted crea, todas esas dudas tenebrosas que han surgido serán arrojadas sobre el archiengañador, que las originó. Usted puede ser una gran bendición si se atiene a lo que Dios ha dicho. Tiene que confiar en él mediante una fe viva, aunque sienta el fuerte impulso de pronunciar palabras de desconfianza.

La paz proviene de la confianza en el poder divino (Testimonios para los ministros, pp. 516-518).

Dios puede cumplir en cualquier momento lo que promete, y la obra que él ordena a su pueblo que haga puede realizarla por su medio. Si ellos quieren vivir de acuerdo a toda palabra que él pronunció, se cumplirán para ellos todas las buenas palabras y promesas. Pero, si no prestan una obediencia perfecta, las grandes y preciosas promesas quedarán sin efecto (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 134).

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