Familias De Fe

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 10:1-28, 34, 35; 1 Corintios 2:2; 1 Tesalonicenses 5:21, 22; Juan 1:12, 13; 3:7; 1 Juan 5:1.

Para memorizar

“Por tanto […] corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:1, 2).

No importa en qué etapa de la vida estemos, ni nuestras experiencias pasadas ni lo que nos depare el futuro: existimos en el contexto de la cultura. Nuestros padres, nuestros hijos, nuestro hogar, nuestra familia, incluso nuestra iglesia, todos se ven afectados por la cultura en la que existen, y en forma notable, además. Aunque hubo otros factores en juego, el cambio del sábado al domingo es un poderoso ejemplo de cómo la cultura de la época influyó sobre la iglesia en forma poderosa y negativa. Cada vez que pasamos frente a una iglesia y vemos un cartel con los horarios del domingo, esto nos recuerda claramente cuán lejos puede llegar el poder de la cultura.

Las familias cristianas enfrentan desafíos culturales todo el tiempo. A veces las influencias culturales pueden ser buenas; sin embargo, la mayoría de las veces la influencia es negativa.

Lo bueno es que el poder del evangelio nos da luz, consuelo y fortaleza para enfrentar los desafíos que la cultura pueda ocasionar. Esta semana veremos cómo podemos ser “familias de fe”, mientras procuramos ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:15).


Comentarios Elena G.W

Todos se encontrarán con pruebas. … Si contempláis a Jesús … pasaréis por pruebas, y las soportaréis con paciencia, y así os fortaleceréis para soportar la prueba siguiente.

Es únicamente la estrechez de nuestra visión lo que impide que discernamos la benevolencia de Dios manifestada tanto en la disciplina a que somete a su iglesia, como en las grandes bendiciones que él provee. En todo tiempo de dificultad y confusión, Dios es un refugio seguro para su pueblo. A la sombra de su protección pueden seguir su camino con seguridad. En la aflicción asignada para purificarlos, el poder del evangelio debe ser su consuelo. Encuentran fortaleza en su palabra perdurable (Nuestra elevada vocación, p. 319).

Dios desea que sus hijos recuerden que, para glorificarle, deben depositar su afecto en aquellos que más lo necesitan. No se debe descuidar a ninguna persona con quien nos relacionemos. No debemos manifestar egoísmo ante nuestros semejantes por palabra, acción ni con nuestra mirada, sean éstos ricos o pobres, humildes o poderosos. El amor que dirige palabras bondadosas a unos pocos, pero trata a otros con frialdad e indiferencia, no es amor, sino egoísmo. Nunca obrará para el bien de las almas o la gloria de Dios. No debemos concentrar nuestro amor en uno o dos objetos del mismo.

Los que reciben el resplandor de la justicia de Cristo, pero se niegan a trasmitirlo a la vida de los demás, pronto perderán los dulces y esplendorosos rayos de la gracia celestial, que reservaban egoístamente para prodigarlos sobre unos pocos… No se debe permitir que el ego reúna unos pocos escogidos justo a í, sin dejar nada para los que necesitan más ayuda que nadie. No debemos reservar nuestro amor para un grupo especial. Quebremos el frasco, y el aroma saturará toda la casa (Mi vida hoy, p. 82).

La misión del hogar se extiende más allá del círculo de sus miembros. El hogar cristiano ha de ser una lección objetiva, que ponga de relieve la excelencia de los verdaderos principios de la vida. Semejante ejemplo será una fuerza para el bien en el mundo. Mucho más poderosa que cualquier sermón predicado es la influencia de un verdadero hogar en los corazones y las vidas de los hombres. Al salir de semejante hogar paterno, los jóvenes enseñarán las lecciones que en él hayan aprendido (Servicio cristiano, pp. 257, 258).

De todo hogar cristiano debería irradiar una santa luz. El amor debe expresarse en hechos. Debe manifestarse en todas las relaciones del hogar y revelarse en una amabilidad atenta, en una suave y desinteresada cortesía. Hay hogares donde se pone en práctica este principio, hogares donde se adora a Dios, y donde reina el amor verdadero. De estos hogares, de mañana y de noche, la oración asciende hacia Dios como un dulce incienso, y las misericordias y las bendiciones de Dios descienden sobre los suplicantes como el rocío de la mañana… Todos pueden ver que una influencia obra en la familia y afecta a los hijos, y que el Dios de Abrahán está con ellos. Si los hogares de los profesos cristianos tuviesen el debido molde religioso, ejercerían una gran influencia en favor del bien. Serían, ciertamente, “la luz del mundo” (El hogar cristiano, pp. 31, 30).

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