Cuando Estamos Solos

Lee para el estudio de esta semana

Eclesiastés 4:9-12.;Filipenses 4:11-13; 1 Corintios 7:25-34; Mateo 19:8; Génesis 37:34; Isaías 54:5.

Para memorizar

“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Gén. 2:18).

Hace años se divulgó una historia fascinante pero dolorosa en las noticias. Encontraron muerta a una joven en su departamento. Aunque la muerte en sí ya era una tragedia, lo que agravaba la historia era que falleció diez años antes de que la encontraran. ¡Diez años! En ese momento, la pregunta que la gente se planteaba, y con razón, era: ¿Cómo puede ser que en una gran ciudad como esta, con tanta gente y con tantos medios de comunicación, haya pasado tanto tiempo sin que nadie supiera que había una mujer muerta, y siendo que no era una persona de la calle?

Aunque es extrema, esta historia es un ejemplo de la realidad: muchas personas sufren de soledad. En 2016, The New York Times publicó un artículo titulado “Los investigadores afrontan una epidemia de soledad”. El problema es real.

Desde el comienzo, como seres humanos, no estábamos destinados a estar solos. Desde el Edén en adelante, debíamos vivir en comunión con otros seres humanos, en mayor o menor grado. Por supuesto, desde la entrada del pecado nada ha sido lo mismo. Esta semana analizaremos el tema del compañerismo y de la soledad en los diversos momentos de la vida; que quizá todos nosotros hemos afrontado en algún momento. Si no pasaste por esta experiencia, puedes considerarte afortunado.


Comentarios Elena G.W

Después de la creación de Adán, toda criatura viviente fue traída ante su presencia para recibir un nombre; vio que a cada uno se le había dado una compañera, pero entre todos ellos no había “ayuda idónea para él”. Entre todas las criaturas que Dios había creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre. “Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él”. Génesis 2:18. El hombre no fue creado para que viviese en la soledad; había de tener una naturaleza sociable. Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no hubiesen podido proporcionarle perfecta felicidad. Aun la comunión con los ángeles no hubiese podido satisfacer su deseo de simpatía y compañía. No existía nadie de la misma naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado.

Dios mismo dio a Adán una compañera. Le proveyó de una “ayuda idónea para él”, alguien que realmente le correspondía, una persona digna y apropiada para ser su compañera y que podría ser una sola cosa con él en amor y simpatía (Conflicto y valor, p. 14).

Para muchos, sus enfermedades son del alma antes que del cuerpo y no encontrarán alivio a menos que se acerquen a Cristo, la abundante fuente de vida. Entonces dejarán de quejarse de tristeza, soledad o insatisfacción. Las alegrías darán vigor a la mente y salud y energía vital al cuerpo (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 572).

Las palabras de bondad, las miradas de simpatía, las expresiones de gratitud, serían para muchos que luchan solos como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra de simpatía, un acto de bondad, alzaría la carga que doblega los hombros cansados. Cada palabra y obra de bondad abnegada es una expresión del amor que Cristo sintió por la humanidad Perdida (Discurso maestro de Jesucristo, p. 24).

Debiéramos tener el amor de Cristo en el corazón en un grado tal, que nuestro interés en los demás sea imparcial y sincero. Nuestros afectos debieran ser amplios y no centrarse simplemente en unos pocos que nos halagan por confidencias especiales. La tendencia de estas amistades es conducirnos a descuidar a aquellos que tienen mayor necesidad de amor que aquellos sobre quienes derramamos nuestras atenciones.

No debiéramos reducir nuestro círculo de amigos a unos pocos favoritos porque ellos nos miman y halagan con sus afectos profesos…

Los sentimientos de desasosiego, de nostalgia o de soledad pueden ser para vuestro bien. Vuestro Padre celestial intenta enseñaros a encontrar en él la amistad, el amor y el consuelo que satisfarán vuestras esperanzas y deseos más sinceros. … Vuestra única seguridad y felicidad está en hacer de Cristo vuestro constante consejero. Podéis sentiros felices con él, aunque no tengáis otros amigos en todo el mundo (Nuestra elevada vocación, p. 261).

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