Las Siete Últimas Plagas

Lee para el estudio de esta semana

Apocalipsis 15:1; 7:1-3; 14:9, 10; 16:1-12; 17:1; Daniel 5; Apocalipsis 16:16; 2 Tesalonicenses 2:9-12.

Para memorizar

“¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Apoc. 15:4).

Apocalipsis 11:18 resume los sucesos en la Tierra justo antes de la batalla final del Armagedón: “Se airaron las naciones”. Esta situación en la Tierra coincide con la descripción de Jesús sobre los últimos días (Luc. 21:25) y es seguida por la ira de Dios, que son sus juicios en forma de las siete últimas plagas sobre los impenitentes (Apoc. 15:1).

Apocalipsis 15 comienza con la imagen de siete ángeles con siete copas llenas de esta ira divina. Pero, antes de que se derramen, tenemos un pantallazo futuro del pueblo fiel de Dios (Apoc. 15:1-4). Se lo describe victorioso “sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre” (Apoc. 15:2), de pie sobre algo semejante a un mar de vidrio, y entonando el canto de Moisés y el Cordero. Estos santos victoriosos son los mismos que se mencionan como los 144.000 en Apocalipsis 14:1 al 5. Al haber rechazado la marca de la bestia, están protegidos de las siete últimas plagas. Luego, en la Segunda Venida, sus cuerpos mortales son transformados y se visten de inmortalidad (1 Cor. 15:51-54), y se unen a los santos resucitados cuando Jesús regrese con poder y gloria (1 Tes. 4:17).


Comentarios Elena G.W

El mundo pronto ha de ser abandonado por el ángel de la misericordia, y las últimas siete plagas han de ser derramadas. El pecado, la vergüenza, el dolor y las tinieblas abundan por doquiera, pero Dios sigue concediendo a las almas de los hombres el precioso privilegio de cambiar las tinieblas por la luz, el error por la verdad, el pecado por la justicia. Sin embargo, la paciencia y la misericordia divinas no esperarán para siempre. Nadie piense que puede esconderse de la ira de Dios detrás de una mentira, porque Dios dejará al alma sin esa escapatoria. Los rayos de la ira de Dios pronto han de caer, y cuando él comience a castigar a los transgresores, no habrá tregua hasta el fin. La tormenta de la ira de Dios se está preparando, y quedarán en pie solo aquellos que están santificados por la verdad en el amor de Dios. Ellos serán escondidos con Cristo en Dios hasta que la desolación haya pasado. Él saldrá para castigar a los habitantes del mundo por su iniquidad (Testimonios para los ministros, p. 182).

En el día del juicio final, cada alma perdida comprenderá la naturaleza de su propio rechazamiento de la verdad. Se presentará la cruz y toda mente que fue cegada por la transgresión verá su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima misteriosa, los pecadores quedarán condenados. Toda excusa mentirosa quedará anulada. La apostasía humana aparecerá en su odioso carácter. Los hombres verán lo que fue su elección. Toda cuestión de verdad y error en la larga controversia quedará entonces aclarada. A juicio del universo, Dios quedará libre de toda culpa por la existencia o continuación del mal. Se demostrará que los decretos divinos no son accesorios al pecado. No había defecto en el gobierno de Dios, ni causa de desafecto (El Deseado de todas las gentes, p. 40).

Cuando Cristo deje de interceder en el Santuario, se derramará sin mezcla la ira de Dios de la que son amenazados los que adoran a la bestia y a su imagen y reciben su marca. Apocalipsis 14:9, 10. Las plagas que cayeron sobre Egipto cuando Dios estaba por libertar a Israel fueron de índole análoga a los juicios más terribles y extensos que caerán sobre el mundo inmediatamente antes de la liberación final del pueblo de Dios. En el Apocalipsis se lee lo siguiente con referencia a esas mismas plagas tan temibles: “Vino una plaga mala y dañosa sobre los hombres que tenían la señal de la bestia, y sobre los que adoraban su imagen”. El mar “se convirtió en sangre como de un muerto; y toda alma viviente fue muerta en el mar”. También “los ríos; y… las fuentes de las aguas… se convirtieron en sangre”. Por terribles que sean estos castigos, la justicia de Dios está plenamente vindicada. El ángel de Dios declara: “Justo eres tú, oh Señor… porque has juzgado estas cosas: porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre; pues lo merecen”. Apocalipsis 16:2-6. Al condenar a muerte al pueblo de Dios, los que lo hicieron son tan culpables de su sangre como si la hubiesen derramado con sus propias manos (El conflicto de los siglos, p. 611).

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