Los Siete Sellos

Lee para el estudio de esta semana

Apocalipsis 6:1-14; Levítico 26:21-26; Ezequiel 4:16; Deuteronomio 32:43; 2 Tesalonicenses 1:7-10.

Para memorizar

“Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apoc. 5:9, 10).

Apocalipsis 6 continúa la escena de los capítulos 4 y 5, que describe a Cristo como digno de abrir el libro sellado porque, mediante su vida y su muerte victoriosas, recuperó lo que se había perdido a través de Adán. Al abrir los sellos del libro, él ahora está listo para llevar adelante el plan de salvación hasta su cumplimiento final.

Pentecostés marcó el comienzo de la difusión del evangelio, por la que Cristo expande su Reino. Por ende, la apertura de los sellos se refiere a la predicación del evangelio y las consecuencias de rechazarlo. La apertura del séptimo y último sello nos lleva al final de la historia de este mundo.

Apocalipsis 3:21 nos da la clave del significado de los siete sellos: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. Los capítulos 4 y 5 nos hablan de la victoria de Cristo y su exaltación, y el último versículo del capítulo 7 describe a los vencedores delante del Trono de Cristo. Por lo tanto, el capítulo 6 trata del pueblo de Dios en proceso de obtener la victoria para poder compartir el Trono de Jesús.


Comentarios Elena G.W

Los que entren en la ciudad de Dios tendrán coronas de oro en sus cabezas… Echaremos nuestras coronas a los pies de Jesús y vez tras vez le daremos gloria y alabaremos su nombre santo. Los ángeles se unirán en los cantos de triunfo. Tocando sus arpas de oro, llenarán el cielo todo de hermosa música y cantos al Cordero (En los lugares celestiales, p. 218).

La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado, contemplarán al Cristo crucificado. Nunca olvidarán que Aquel cuyo poder creó los mundos innumerables y los sostiene a través de la inmensidad del espacio, el Amado de Dios, la Majestad del cielo, Aquel a quien los querubines y los serafines resplandecientes se deleitan en adorar, que se humilló para levantar al hombre caído; que llevó la culpa y el oprobio del pecado, y sintió el ocultamiento del rostro de su Padre, hasta que la maldición de un mundo perdido quebrantó su corazón y le arrancó la vida en la cruz del Calvario. El hecho de que el Hacedor de todos los mundos, el Árbitro de todos los destinos, dejase su gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente la admiración y adoración del universo. Cuando las naciones de los salvos miren a su Redentor y vean la gloria eterna del Padre brillar en su rostro; cuando contemplen su trono, que es desde la eternidad hasta la eternidad, y sepan que su reino no tendrá fin, entonces prorrumpirán en un cántico de júbilo: “¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado, y nos ha redimido para Dios con su propia preciosísima sangre!” (El conflicto de los siglos,_ _p. 632).

En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana, ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

Mucho después, cuando Juan había llegado a armonizar con Cristo por haberle seguido en sus sufrimientos, el Señor Jesús le reveló cuál es la condición que nos acerca a su reino. “Al que venciere —dijo Cristo—, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. Apocalipsis 3:21. Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que “no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal” (1 Corintios 13:4, 5) —amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Los hechos de los apóstoles, p. 433).

26/01/2019

Los Siete Sellos

27/01/2019

La Apertura Del Primer Sello

28/01/2019

El Segundo Y El Tercer Sellos

29/01/2019

La Escena Del Cuarto Sello

30/01/2019

La Apertura Del Quinto Sello

31/01/2019

La Apertura Del Sexto Sello

01/02/2019

Para Estudiar Y Meditar