En Medio De Los Candeleros

Lee para el estudio de esta semana

Apocalipsis 1:9-18; Hechos 7:54-60; Mateo 12:8; Éxodo 20:11; Daniel 10:5, 6; Apocalipsis 1:20; Apocalipsis 2:1-7.

Para memorizar

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apoc. 2:7).

El Salmo 73 describe el desconcierto del salmista al observar el jactancioso orgullo de los impíos. Vivían con abundancia y comodidad, en contraste con el sufrimiento de los justos. Esta injusticia perturbaba mucho al salmista (Sal. 73:2-16), quien, en su perplejidad, fue al Santuario (Sal. 73:16, 17). Allí, en presencia de Dios, recibió una comprensión más profunda del asunto.

Siglos más tarde, un anciano apóstol se encontraba preso en una isla rocosa debido a su fiel testimonio. En su angustia, recibió la noticia de que las iglesias bajo su cuidado estaban sufriendo. Sin embargo, en ese momento crítico, recibió una visión del Cristo resucitado en el Santuario celestial. Aquí, como con el salmista, el Señor le reveló a Juan algunos misterios de esta vida y las luchas que esta conlleva. Esta escena del Santuario le brindó la seguridad de la presencia y el cuidado de Cristo, una seguridad que debía transmitir a estas iglesias y a las siguientes generaciones de cristianos a lo largo de los siglos hasta el fin de la historia de este mundo.

Además de presentar el ministerio de Cristo en el Santuario celestial, esta semana veremos el primero de los siete mensajes a su iglesia, dirigidos a la siete iglesias de Asia, pero que también tiene sentido para nosotros hoy. La próxima semana analizaremos los mensajes a las otras seis iglesias.


Comentarios Elena G.W

Aun cuando quedó resuelto que Satanás no podría permanecer por más tiempo en el cielo, la Sabiduría Infinita no le destruyó… De haber sido este aniquilado inmediatamente, aquellos habrían servido a Dios por miedo mas bien que por amor. La influencia del seductor no habría quedado destruida del todo, ni el espíritu de rebelión habría sido extirpado por completo. Para bien del universo entero a través de las edades sin fin, era preciso dejar que el mal llegase a su madurez, y que Satanás desarrollase más completamente sus principios, a fin de que todos los seres creados reconociesen el verdadero carácter de los cargos que arrojara él contra el gobierno divino y a fin de que quedaran para siempre incontrovertibles la justicia y la misericordia de Dios, así como el carácter inmutable de su ley (El conflicto de los siglos, p. 489).

Dios es amor. Él cuida de las criaturas que formó. “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen”. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” Salmos 103:13; 1 Juan 3:1.

¡Cuán precioso privilegio es éste, que seamos hijos e hijas del Altísimo, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo! No nos lamentemos, pues, porque en esta vida no estemos libres de desilusiones y aflicción. Si en la providencia de Dios somos llamados a soportar pruebas, aceptemos la cruz, y bebamos la copa amarga, recordando que es la mano de un Padre la que la ofrece a nuestros labios. Confiemos en él, en las tinieblas como en la luz del día. ¿No podemos creer que nos dará todo lo que fuere para nuestro bien? “El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32. Aun en la noche de aflicción, ¿cómo podemos negarnos a elevar el corazón y la voz en agradecida alabanza, cuando recordamos el amor por nosotros expresado en la cruz del Calvario? (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 295).

Cuando creamos realmente que Dios nos ama y quiere ayudarnos, dejaremos de acongojarnos por el futuro. Confiaremos en Dios así como un niño confía en un padre amante. Entonces desaparecerán todos nuestros tormentos y dificultades; porque nuestra voluntad quedará absorbida por la voluntad de Dios.

Cristo no nos ha prometido ayuda para llevar hoy las cargas de mañana. Ha dicho: “Bástate mi gracia” [2 Corintios 12:9]; pero su gracia se da diariamente, así como el maná en el desierto, para la necesidad cotidiana. Como los millares de Israel en su peregrinación, podemos hallar el pan celestial para la necesidad del día.

Solamente un día es nuestro, y en él hemos de vivir para Dios. Por ese solo día, mediante el servicio consagrado, hemos de confiar en la mano de Cristo todos nuestros planes y propósitos, depositando en él todas las cuitas, porque él cuida de nosotros (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 85, 86).

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