La Unidad En La Fe

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 4:8-12; Hechos 1:11; Mateo 25:1-13; Hebreos 9:11, 12; Éxodo 20:8-11; 1 Corintios 15:51-54.

Para memorizar

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech. 4:12).

En 1888, los adventistas del séptimo día experimentaron un período de intenso debate sobre las interpretaciones de algunos textos bíblicos clave. Mientras que los pastores y los dirigentes de la iglesia debatían la identidad de los diez cuernos de la profecía de Daniel 7 y de la ley en Gálatas 3:24, muy pocos se dieron cuenta de que sus actitudes hostiles recíprocas destruían su comunión y amistad, y así dañaban la unidad y la misión de la iglesia.

Elena de White lamentó profundamente esta situación y alentó a todos los que participaban de estas discusiones a considerar cuidadosamente su relación con Jesús y cómo el amor a Jesús debería demostrarse en nuestra conducta, especialmente cuando discrepamos. También dijo que no deberíamos esperar que toda la iglesia concuerde en cada punto de interpretación de todos los textos bíblicos.

Pero también enfatizó que debemos buscar la unidad de interpretación cuando se trata de creencias adventistas esenciales (ver El otro poder, pp. 28-32). Esta semana consideraremos algunas enseñanzas bíblicas esenciales que nos hacen adventistas y que le dan forma a nuestra unidad en la fe.


Comentarios Elena G.W

Nunca encontramos a dos personas exactamente iguales. Entre los seres humanos como en las cosas del mundo natural existe la diversidad. La unidad en la diversidad entre los hijos de Dios, la manifestación de amor y tolerancia, a pesar de las diferencias de disposición, éste es el testimonio de que Dios envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores._ _

La unidad que existe entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de uno ni otro. Son uno en mente, propósito y carácter, pero no en persona. El hombre, al someterse a la ley de Dios y participar de su Espíritu, llega a ser participante de la naturaleza divina. Cristo conduce a sus discípulos a una unión viva consigo mismo y con el Padre. El hombre se completa en Cristo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en su mente. La unidad con Cristo establece un vínculo de unión de los unos con los otros. Esta unidad es para el mundo la prueba más convincente de la majestad y la virtud de Cristo, y de su poder para quitar el pecado_ _(Hijos e hijas de Dios, p. 288).

La unidad del pueblo escogido de Dios ha sido terriblemente sacudida. Dios ofrece una alternativa, la cual no es una influencia entre muchas ni está en el mismo nivel que las demás; en cambio es una influencia que supera todas las demás influencias que existen sobre la faz de la tierra; su naturaleza es correctiva, animadora y ennoblecedora. Los que trabajan en el evangelio deberán ser íntegros y estar santificados, pues se relacionan con los grandes principios de Dios. Unidos con Cristo, son colaboradores con Dios. Así es como el Señor desea unir a sus seguidores para que sean un poder para el bien, y que cada uno desempeñe su parte y todos compartan el sagrado principio de la dependencia de la Cabeza (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 244).

No hay excusa para que alguno tome la posición de que no hay más verdades para ser reveladas, y que todas nuestras exposiciones de las Escrituras carecen de errores. Que ciertas doctrinas hayan sido sostenidas como verdades durante muchos años no es una prueba de que nuestras ideas son infalibles. El paso del tiempo no convertirá el error en verdad, y la verdad tiene la capacidad de ser imparcial. Ninguna doctrina verdadera perderá algo por una investigación cuidadosa.

Vivimos en tiempos peligrosos y no es apropiado que aceptemos todo lo que se pretende que sea verdad sin examinarlo minuciosamente; ni podemos rechazar nada que lleve los frutos del Espíritu de Dios. Pero deberíamos ser enseñables, mansos y humildes de corazón. Algunos se oponen a todo lo que no esté de acuerdo con sus propias ideas, y al hacerlo ponen en peligro sus intereses eternos tan ciertamente como lo hizo la nación judía al rechazar a Cristo (El otro poder,_ _p. 35).

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