Cuando Surgen Los Conflictos

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 6:1-6; Hechos 10:1-23; Mateo 5:17-20; Hechos 11:3-24; Hechos 15:1-22; Amós 9:11, 12.

Para memorizar

“Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 6:27, 28).

Una de las tareas más difíciles de cualquier comunidad cristiana es conservar la unidad cuando surgen diferencias de opinión sobre cuestiones relacionadas con la identidad y la misión de la iglesia. Estas diferencias pueden llevar a consecuencias devastadoras.

Las comunidades cristianas actuales no son distintas de las que vemos en el Nuevo Testamento. Todos somos seres humanos, y surgirán diferencias, incluso sobre temas importantes. Los cristianos primitivos enfrentaron algunos conflictos derivados de aparentes prejuicios y de serias diferencias de interpretación de historias y prácticas clave del Antiguo Testamento. Estos conflictos podrían haber destruido a la iglesia en sus inicios si no hubiera sido por los apóstoles y los dirigentes sensatos, que buscaron la conducción del Espíritu Santo y las Escrituras para resolver estas tensiones.

Hace algunas semanas estudiamos cómo logró la unidad la iglesia primitiva. Esta semana analizaremos de qué manera resolvió los conflictos internos que amenazaban con socavar su unidad. ¿Cuáles fueron estos conflictos, cómo se resolvieron y qué podemos aprender de esas experiencias?


Comentarios Elena G.W

El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se halla en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús. En Dios no hay acepción de personas (Mensajes selectos, t. 1, p. 304).

Todos los hombres son una familia por la creación, y todos son uno por la redención. Cristo vino para demoler todo muro de separación… para que cada alma pudiese tener libre acceso a Dios. Su amor es tan amplio, tan profundo, tan completo, que penetra por doquiera (Palabras de vida del gran Maestro, p. 318).

Dios escogió para sí un pueblo entre los gentiles, y les dio el nombre de cristianos. Este es un nombre real, y se les concede a los que se unen a Cristo… Pedro declara: “Pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (1 Pedro 4:16)…

¡Oh, si tan solo el pueblo de Dios confiara en él y aceptara el extraordinario tesoro de conocimiento que se le ofrece!…

Ante nosotros tenemos el ejemplo supremo y más santo. Jesús fue impecable tanto en pensamiento como en palabra y acción. La perfección caracterizaba a todo lo que hacía. Mientras nos señala la senda marcada por él, nos dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (_Exaltad a Jesús, _p. 285).

La gloria del cielo consiste en elevar a los caídos, consolar a los angustiados. Siempre que Cristo more en el corazón humano, se revelará de la misma manera. Siempre que actúe, la religión de Cristo beneficiará. Donde quiera que obre, habrá alegría…

Cualquiera que sea la diferencia de creencia religiosa, el llamamiento de la humanidad doliente debe ser oído y contestado. Donde existe amargura de sentimiento por causa de la diferencia de la religión, puede hacerse mucho bien mediante el servicio personal. El ministerio amante quebrantará el prejuicio, y ganará las almas para Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 318).

La obra de la redención es poner a la humanidad en comunión con Cristo, efectuar la unión de la raza caída con la divinidad. Cristo tomó la forma humana para que los hombres pudieran ser uno con él, así como él es uno con el Padre; para que Dios amara al hombre como ama a su Hijo unigénito; para que los hombres pudieran ser participantes de la naturaleza divina y pudieran ser completos en Cristo.

El Espíritu Santo, que procede del unigénito Hijo de Dios, une al ser humano, cuerpo, alma y espíritu, con la perfecta naturaleza de Cristo divino-humana. Esta unión está representada por la unión de la vid y los sarmientos. El hombre finito está unido con la fortaleza de Cristo. Mediante la fe, la naturaleza humana queda asimilada con la naturaleza de Cristo. En Cristo, somos hechos uno con Dios (_Mensajes selectos, _t. 1, p. 294).

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