Por Los Que Han De Creer En Mí

Después de haber orado por sus discípulos, Jesús amplió su oración e incluyó a “los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Juan 17:20).

Lee Juan 17:20 al 26. ¿Cuál era el mayor deseo de Jesús para quienes más adelante creerían en el mensaje del evangelio? ¿Por qué es tan importante que esta oración se cumpla?

Como el Padre y el Hijo son uno, Jesús oró para que los futuros creyentes también fuesen uno. En algunos lugares del Evangelio de Juan, Jesús se refirió a la unidad del Padre y del Hijo. Nunca actúan independientemente el uno del otro, sino que están siempre unidos en todo lo que hacen (Juan 5:20-23). Comparten un amor común por la humanidad caída hasta tal punto que el Padre estuvo dispuesto a dar a su Hijo por el mundo, y el Hijo estuvo dispuesto a dar su vida por ello también (Juan 3:16; 10:15).

La unidad a la que Jesús se refiere en esta oración es una unidad de amor y propósito, como la que existe entre el Padre y el Hijo. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Manifestar esta unidad en amor confirmará públicamente su relación con Jesús y con el Padre. “La exhibición de su unidad auténtica debe proporcionar un testimonio convincente de la verdad del evangelio” (A. J. Köstenberger, John, Baker Exegetical Commentary on the New Testament, p. 498).

Así es como el mundo sabrá que Jesús es el Salvador. En otras palabras, esta unidad por la que Jesús oró no puede ser invisible. ¿Cómo puede convencerse el mundo de la veracidad del evangelio si no puede ver el amor y la unidad entre el pueblo de Dios?

“Dios está conduciendo a un pueblo para que se coloque en perfecta unidad sobre la plataforma de la verdad eterna. […] Dios quiere que sus hijos lleguen todos a la unidad de la fe. La oración de Cristo, precisamente antes de su crucifixión, pedía que sus discípulos fuesen uno, como él era uno con el Padre, para que el mundo creyese que el Padre lo había enviado. En esta, la más conmovedora y admirable oración, extendida a través de los siglos hasta nuestros días, sus palabras son: ‘Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos’ (Juan 17:20).

“¡Cuán fervorosamente deben tratar de contestar esta oración en su vida los que profesan seguir a Cristo!” (TI 4:21).

¿Qué estamos haciendo en nuestra vida y en nuestra iglesia para ayudar a alcanzar el tipo de unidad que se presenta aquí? ¿Por qué es primordial que cada uno de nosotros tenga cierto grado de muerte al “yo” si queremos que nuestra iglesia esté unida como debería?


Comentarios Elena G.W

Un poder extraordinario de parte de Dios debe apoderarse de las iglesias adventistas del séptimo día. Entre los miembros se debe producir una reconversión, para que sean testigos de Dios y demuestren la autoridad del poder de la verdad que santifica el alma. La iglesia debe ser renovada, purificada y santificada, de lo contrario caerá sobre ella la ira de Dios con una fuerza muy superior que sobre los que nunca han profesado ser santos.

Los que sean santificados por la verdad demostrarán que ésta ha producido una reforma en sus vidas, y que los está preparando para ser trasladados al mundo celestial. Pero mientras en la vida predominen el orgullo, la envidia y las malas conjeturas, Cristo no podrá reinar en el corazón. Su amor no estará presente en el alma. En la vida de los que han llegado a ser participantes de la naturaleza divina, hay evidencia de que se ha crucificado el espíritu altivo y autosuficiente que conduce a la exaltación del yo. En su lugar mora el espíritu de Cristo, y los frutos del Espíritu aparecen en la vida. Cuando poseen la mente de Cristo, sus seguidores revelan las gracias de su carácter (Exaltad a Jesús, p. 295).

El Señor llama a hombres que tengan una fe sincera y un pensamiento sano, hombres que reconozcan la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Cada uno debe mantenerse en guardia, estudiar y practicar las lecciones dadas en el capítulo 17 del Evangelio de Juan, y conservar una fe viva en la verdad presente. Necesitamos el dominio propio que nos permitirá conformar nuestras costumbres a la oración de Cristo.

La instrucción que me ha sido dada por Uno que tiene autoridad, es que debemos aprender a contestar la oración contenida en el capítulo 17 de Juan. Debemos hacer de esta oración nuestro primer estudio…

El propósito de Dios es que sus hijos se fusionen en la unidad. ¿No es vuestra esperanza vivir juntos en el mismo cielo? ¿Está Cristo dividido contra sí mismo? ¿Dará el éxito a sus hijos antes que hayan apartado de su medio toda discordia y toda crítica, antes que los obreros, en una perfecta unidad de intención, hayan consagrado sus corazones, sus pensamientos y sus fuerzas a una obra tan santa a la vista de Dios? (Testimonios para la iglesia, t. 8, pp. 250, 251).

Nada puede perfeccionar la perfecta unidad en la iglesia, sino el espíritu de una paciencia semejante a la de Cristo. Satanás puede sembrar discordia; solo Cristo puede armonizar los elementos discordantes… Cuando como obreros individuales de la iglesia amamos a Dios por sobre todo y al prójimo como a uno mismo, entonces no habrá trabajosos esfuerzos para unirnos; habrá una unidad en Cristo, los oídos estarán cerrados a los informes, y nadie hará reproches contra su vecino. Los miembros de la iglesia apreciarán el amor y la unidad, y serán como una gran familia. Entonces portaremos ante el mundo las credenciales que darán testimonio de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo. Cristo dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Reflejando a Jesús, p. 192).

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