Jesús Ora Por Sí Mismo

La oración sumosacerdotal se divide en tres partes. En primer lugar, Jesús ora por sí mismo (Juan 17:1-5), luego por sus discípulos (Juan 17:6-19) y finalmente por quienes más adelante creerían en él (Juan 17:20-26).

Lee Juan 17:1 al 5. ¿Cuál es la esencia de su oración y qué significa para nosotros?

Jesús intercede primero por sí mismo. En acontecimientos anteriores del Evangelio de Juan, Jesús indicó que aún no había llegado su hora (Juan 2:4; 7:30; 8:20). Pero ahora sabe que llegó la hora de su sacrificio. Ha llegado el momento de la conclusión dramática de su vida terrenal, y él necesita fuerzas para culminar su misión. Es tiempo de orar.

Jesús glorificará a su Padre haciendo su voluntad, incluso si eso significa que deba soportar la Cruz. Su aceptación de la Cruz no es una especie de fatalismo; de hecho, es más bien la manera en que ejerce la autoridad que el Padre le ha dado. Él no murió como mártir, sino que glorificó voluntariamente a su Padre al cumplir la razón de su encarnación: su muerte sacrificial en la Cruz por los pecados del mundo.

¿Qué es la vida eterna según Juan 17:3? ¿Qué significa conocer a Dios?

Ante todo, Jesús nos dice que la vida eterna consiste en conocer personalmente a Dios. Esto no es salvación por obras ni por conocimiento, sino que es la experiencia de conocer al Señor por lo que Jesús ha hecho por nosotros en la Cruz. Este conocimiento se canaliza a través de una relación personal con el Padre. Nuestra tendencia humana es limitar el conocimiento a hechos y detalles, pero aquí Jesús apunta a algo más profundo y satisfactorio: una relación personal con Dios. El primer advenimiento de Jesús también tuvo el propósito de guiar a la humanidad en su búsqueda de un conocimiento más significativo y salvífico de Dios, y de la unidad mutua a la que conducirá ese conocimiento.

¿Cuál es la diferencia entre conocer a Dios y conocer a Dios personalmente? ¿Qué experiencias has tenido que te hayan ayudado a conocer a Dios?


Comentarios Elena G.W

Cristo había concluido la obra que se le había confiado. Había glorificado a Dios en la tierra. Había manifestado el nombre del Padre. Había reunido a aquellos que habían de continuar su obra entre los hombres. Y dijo: “Yo soy glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo, mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. ¡Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que ellos sean uno, así como nosotros lo somos!”…

Así, con el lenguaje de quien tenía autoridad divina, Cristo entregó a su electa iglesia en los brazos del Padre. Como consagrado sumo sacerdote, intercedió por los suyos. Como fiel pastor, reunió a su rebaño bajo la sombra del Todopoderoso, en el fuerte y seguro refugio. A él le aguardaba la última batalla con Satanás, y salió para hacerle frente (El Deseado de todas las gentes, p. 635).

[El] conocimiento de Dios… es el fundamento de toda verdadera educación y de todo verdadero servicio. Es la única real salvaguardia contra la tentación; y solamente eso puede hacerle a uno semejante a Dios en carácter. Por medio del conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo, se imparten a los creyentes “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”. Ningún buen don se niega al que sinceramente desea obtener la justicia de Dios.

“Esta empero es la vida eterna —dijo Cristo—, que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado” (Juan 17:3). Y el profeta Jeremías declaró: “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar; en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23, 24). Difícilmente puede la mente humana entender la anchura, profundidad y altura de las realizaciones espirituales del que obtiene este conocimiento (_Los hechos de los apóstoles, _p. 423).

Jesús, resplandor de la gloria de su Padre, “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:6, 7). Consintió en pasar por todas las experiencias humildes de la vida y en andar entre los hijos de los hombres, no como un rey que exigiera homenaje, sino como quien tenía por misión servir a los demás…

Jesús se vació a sí mismo, y en todo lo que hizo jamás se manifestó el yo. Todo lo sometió a la voluntad de su Padre. Al acercarse el final de su misión en la tierra, pudo decir: “Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese”. Y nos ordena: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (Juan 17:4); renuncie a todo sentimiento de egoísmo para que éste no tenga más dominio sobre el alma (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 17, 18).

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