La restauración final de la unidad

«Nosotros esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva que Dios ha prometido, en los cuales todo será justo y bueno». 2 Pedro 3: 13

Este mundo está lleno de sufrimientos, pero Dios desea que recordemos que él regresará para restaurar el mundo y para que vivamos con él por la eternidad.

La unidad desde dentro hacia afuera

Introducción: 1 Juan 1:7-2: 2

«Te pido que todos ellos estén unidos; como tú, Padre, estas en mí y yo en ti» (Juan 17: 21). En la literatura existen tres tipos de conflictos que impulsan a determinada trama: el ser humano en contra de la naturaleza, el ser humano en contra de sus semejantes y el ser humano en contra de sí mismo. «Pero si vivimos en la luz, así como Dios está en la luz, entonces hay unión entre nosotros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros» (1 Juan 1: 7-8). Las Escrituras nos muestran que existe un conflicto innato en nuestras almas, una gran lucha entre la luz y las tinieblas, un conflicto que a diario se manifiesta en nuestras mentes, corazones y comportamientos. Si estamos tan divididos como individuos, ¿cómo esperamos ser una iglesia unida?

Habremos encontrado la paz una vez que Cristo more en nosotros.

^Qué significa estar unido a uno mismo? Desde luego, no tiene nada que ver con la perfección. La perfección individual no es lo que desea el Padre. No, sus deseos van mucho más allá. El desea un corazón que esté orientado a cumplir su llamado; desea que nos alleguemos a él en amor, en ese amor que él nos ha mostrado a través de sus mandatos.

«Si obedecemos los mandamientos de Dios, podemos estar seguros de que hemos llegado a conocerlo». Juan nos dice que se nos ofrece una solución si algún día pecamos: «Si alguno comete pecado, tenemos ante el Padre un defensor, que es Jesucristo, y él es justo. Jesucristo se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados; y no solo los nuestros, sino los de todo el mundo» (1 Juan 2: 2-3). Por tanto, caminar en la luz debe ser una tarea diaria y de todo corazón. Acatar el máximo mandamiento de amor es una opción. Ir de regreso a la cruz continuamente es una opción. Esa es la forma de convertirnos en un todo integro. Ese es el camino de luz.

Henri Nouwen afirma en El sanador herido que la única manera en que podemos conectarnos con otra persona es mediante la convicción de que nos aceptamos a nosotros mismos. Nouwen reconoce la necesidad de estar internamente sanos para tener una comunión externa sana. Eso mismo dice el discípulo amado. Juan nos dice que si moramos en la luz, tendremos comunión los unos con los otros. No tendremos que mirarnos mutuamente para estar completes, ya que habremos encontrado la paz al permitir que Cristo viva en nosotros. Somos libres para disfrutar plenamente de la compaña de los demás, para servirnos gozosamente, para celebrar los dones ajenos sin sentir envidia. Sin embargo, recordemos que esa libertad debe comenzar por nosotros mismos.

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