Todos para uno y uno para todos

Logos: Mateo 7:1-5; 20:28; 28:18-20; Juan 13:1-17; Gálatas 6:1-2; Efesios 5: 23-27; Tito 1:8-9

Los adventistas somos cristianos que creemos que Jesús, el Cristo, descendió para dar su vida inocente por nuestra salvación. Dios nos ama tanto que se separó de su Hijo para que todos podamos unirnos a él en el cielo después de que regrese a buscarnos. La misión principal de la iglesia es difundir el evangelio por todo el mundo enseñando y bautizando, uniendo a la gente al cuerpo de Cristo. Si no estamos unidos en Cristo como un solo cuerpo, con una misma misión y objetivos, la separación y la desunión serán inevitables. Hay tan solo uno (Jesús) para todos; pero ¿somos todos para uno?

Cristo, la cabeza de la iglesia (Efe. 5:23-27)

Primera, si Cristo no es quien dirige todas y cada una de las actividades de la iglesia, lo estaremos haciendo mal. Si se realizan esfuerzos en su nombre, pero llevados a cabo a través de agendas personales, ese será el comienzo de la desunión. En Efesios 5: 23-27, se compara la relación de Cristo con la iglesia con la que existe entre esposos. La Biblia dice que así como la iglesia se somete al Señor como cabeza, también las esposas deben someterse a sus maridos como cabeza del hogar. En realidad, a muchas personas no les agrada escuchar esto porque hoy una sumisión de este tipo no es concebible en ciertas culturas. Pero lejos de presentar la sumisión como una pérdida, este pasaje pretende que se entienda como una ganancia. Se obtiene la paz y la confianza mediante la sumisión porque el sometido entiende que alguien lo está cuidando. El cuerpo de Cristo puede descansar con confianza sabiendo que es amado y cuidado por Cristo, así como una esposa descansa confiadamente en su esposo que la ama y la cuida. Si Cristo no es la cabeza de nuestras vidas personales, ¿cómo podremos entonces tener la sumisión que necesitamos al hacer su obra?

Organizados para la misión (Mat. 28:18-20)

La misión del cuerpo de Cristo la encontramos en Mateo 28: 18-20. Allí Jesús encarga a sus discípulos que salgan a compartir lo que él les ensenó. Después de que se instruya a los nuevos conversos, deben ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La misión colectiva de este cuerpo debe ser ensenar lo que él nos ha ensenado. Como seguidores de Cristo, siempre debemos desear el crecimiento del cuerpo de Cristo. Aunque tengamos diferentes criterios y métodos de ministerio, si el crecimiento del cuerpo no es la fuerza motora que esta detrás de todo, entonces Cristo no es tampoco la cabeza.

La disciplina en la iglesia (Mat. 7:1-5; Gál. 6:1-2)

Para llevar a cabo con éxito la misión de la iglesia con nuestros hermanos en Cristo, es muy importante reconocer que somos personas imperfectas que servimos a un Dios perfecto. Es fácil recordar las imperfecciones del que ha cometido un error, pero hemos de recordar que todos nos equivocamos. Mateo 7: 1-5 nos recuerda que no debemos juzgar para no ser juzgados. A decir verdad, tú mismo tienes muchos de los defectos de carácter que te molesta ver en otras personas. Nadie es perfecto. Teniendo esto en mente, en Gálatas 6: 1-2 leemos que hemos de ayudarnos mutuamente, no herirnos y hablar mal unos de otros. Al llevar las cargas de los demás, cumplimos con las enseñanzas de Cristo. Necesitamos por parte de Dios el amor, la gracia y la misericordia que quizá le estamos negando a alguien que necesita recibir eso mismo de nosotros.

Mantener la unidad de la iglesia (Tito 1:8-9)

Cuando dejemos de lado el ego y el orgullo, podremos tratar a los demás como deseamos que los demás nos traten a nosotros. Eso edificará al cuerpo de Cristo porque nos daremos cuenta de que todos estamos en un terreno común y que nadie es más que su prójimo. Al igual que sucede en el cuerpo, todos tenemos diferentes funciones. Tito 1: 8-9 explica cómo deben ser, en términos de carácter y en su apego a la verdad, tanto los miembros como los lideres elegidos y ungidos. Debemos abrigar una norma que ayude a mantenernos centrados en la misión principal de la iglesia. Dado que el mundo nos ve a todos como a una sola entidad, somos responsables los unos de los otros. Nadie está «demasiado preparado» como para desempeñar determinadas tareas en el ministerio.

Un liderazgo de servicio (Juan 13:1-17)

En Juan 13: 1-17, Jesús proporciona el mejor ejemplo para un liderazgo de servicio. Jesús se inclina y lava los pies de sus discípulos. Cuando Pedro se resiste, Jesús le explica que no habrá unidad si el líder no puede también servir. Cuando Jesús les lavó los pies, ordenó que hicieran lo mismo por los demás. Jesús concluye el rito diciéndoles en los versículos 16 y 17: «Les aseguro que ningún servidor es más que su señor, y que ningún enviado es más que el que lo envía. Si entienden estas cosas y las ponen en práctica, serán dichosos». ¡Es una hermosa enseñanza cuando visualizas el hecho de que el Rey de reyes y el Señor de señores descendió para asumir la forma humana ¡y también para servir! Lavarles los pies a los discípulos fue sin duda una experiencia humillante, ya que los pies estaban muy sucios como consecuencia de caminar todo el día con sandalias. Podemos aplicar esto a nuestra época porque un verdadero líder debe estar dispuesto a hacer las tareas más humildes para que su labor sea «glorificada». Mateo 20: 28 afirma que «el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por una multitud». Si el Rey de reyes vino a servir y lavar pies, ¿quiénes somos nosotros para creer que debemos ser servidos?

PARA COMENTAR

1. ¿Es Jesús el que dirige mi vida? ¿Es Cristo verdaderamente la cabeza que dirige mis esfuerzos para difundir el evangelio?

2. ¿Recuerdo que nadie es perfecto y que todos estamos desprovistos de la gloria de Dios? ^Estoy llevando las cargas de mi hermano? ¿Estoy brindando a los demás el mismo amor, gracia y misericordia que Dios me ofrece a mí?

3. ¿Será que necesito ser más humilde en mi ministerio? ¿Habrá partes de la viña en las que considero que no puedo trabajar, por creerme que estoy «demasiado preparado»?

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