Reclusión En Cesarea

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 24; 25; 26; 1 Corintios 1:23.

Para memorizar

“¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!” (Hech. 26:29).

El traslado de Pablo a Cesarea dio comienzo a una reclusión de dos años en esa ciudad (Hech. 24:27), más precisamente en el pretorio de Hero-des (Hech. 23:35), que era la residencia oficial del gobernador romano. Durante esos años, tuvo varias audiencias en las que se presentó ante dos gobernadores romanos (Félix y Festo) y un rey (Agripa II), cumpliendo así aún más el ministerio que Dios le dio (Hech. 9:15).

En todas las audiencias, Pablo siempre afirmó que era inocente, alegando que no se podían presentar pruebas contra él, como lo demostró la ausencia de testigos. De hecho, toda la narrativa pretende mostrar que Pablo no hizo nada digno de arresto y que habría podido ser liberado si no hubiera apelado al César (Hech. 26:32). Sin embargo, estas audiencias le ofrecieron oportunidades de testificar sobre Jesús y la gran esperanza que se encuentra en la promesa de la resurrección.

No obstante, fueron años de profunda ansiedad y de un tedioso encierro en el que el apóstol parece no haber recibido ningún tipo de apoyo por parte de la iglesia de Jerusalén, cuyos dirigentes todavía acariciaban el sentimiento “de que Pablo debía ser considerado en alto grado responsable por los prejuicios existentes” (HAp 323).


Comentarios Elena G.W

En ocasión de la conversión de Pablo, el Señor había declarado que había de ser ministro a los gentiles… El ángel que le apareció a Ananías le había dicho de Pablo: “Instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los Gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” [Hechos 9:15]. Y Pablo mismo, más tarde en su vida cristiana, mientras oraba en el templo de Jerusalén, había sido visitado por un ángel del cielo, que le ordenó: “Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los gentiles” [Hechos 22:21].

Así el Señor había mandado a Pablo que entrase en el vasto campo misionero del mundo gentil. A fin de prepararlo para esta extensa y difícil tarea, Dios le había atraído en estrecha comunión consigo y había abierto ante su arrobada visión las bellezas y glorias del cielo. Se le había confiado el ministerio de hacer conocer el “misterio” que había estado “encubierto desde los tiempos eternos” [Romanos 16:25]… el cual misterio en los otros siglos no se dió a conocer a los hijos de los hombres como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu: Que los Gentiles sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo por el evangelio: Del cual—declara Pablo,—yo soy hecho ministro Efesios 1:9; 3:5-11.

La gracia de Dios sostenía a Pablo en su encarcelamiento, habilitándolo para regocijarse en la tribulación. Con fe y convicción escribió a sus hermanos filipenses que su prisión había resultado en el adelantamiento del evangelio…

En esa experiencia de Pablo hay una lección para nosotros; nos revela la manera en que Dios obra. El Señor puede sacar victoria de lo que nos parece desconcierto y derrota. Estamos en peligro de olvidar a Dios, de mirar las cosas que se ven, en vez de contemplar con los ojos de la fe las cosas que no se ven. Cuando viene la desgracia o el infortunio, estamos listos para culpar a Dios de negligencia o crueldad. Si ve conveniente interrumpir nuestro servicio en alguna actividad, nos lamentamos, sin detenernos a reflexionar que así Dios puede estar obrando para nuestro bien. Necesitamos aprender que la corrección es parte de su gran plan y que bajo la vara de la aflicción, el cristiano puede hacer, a veces, más por su Maestro que cuando está ocupado en el servicio activo (Los hechos de los apóstoles, p. 383).

No es la voluntad de Dios que su pueblo esté abrumado por el peso de la congoja. Pero tampoco nos engaña. No nos dice: “No temáis; no hay peligros en vuestro camino”. Él sabe que hay pruebas y peligros, y nos trata con franqueza. No se propone sacar a su pueblo de en medio de este mundo de pecado y maldad, pero le ofrece un refugio que nunca falla… “En el mundo —dice— tendréis tribulación; pero tened buen ánimo; yo he vencido al mundo” Juan 16:33.

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