Arresto En Jerusalén

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 21; Romanos 2:28, 29; Gálatas 5:6; Hechos 22; 23:1-30; Mateo 22:23-32.

Para memorizar

“A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hech. 23:11).

Poco después del primer viaje misionero de Pablo, se hizo evidente que había un desacuerdo elemental en la iglesia sobre cómo admitir a los gentiles en la fe (Hech. 15:1-5). Quizás al percibir la escalada del conflicto, Pablo concibió un plan para promover la unidad de la iglesia. Como en el Concilio le pidieron que se acordara de los pobres (Gál. 2:10), decidió invitar a las iglesias gentiles a brindar ayuda financiera para los hermanos de Judea, la “ofrenda para los santos” (1 Cor. 16:1), tal vez con la esperanza de ayudar a construir puentes entre los dos grupos.

Esto podría explicar su determinación de ir a Jerusalén al final de su tercer viaje, a pesar de los riesgos. Por un lado, tenía un amor sincero por sus compatriotas judíos (Rom. 9:1-5); por el otro, anhelaba ver una iglesia unida (Gál. 3:28; 5:6). Como los judíos y los gentiles eran salvos por igual, no por las obras sino por la fe (Rom. 3:28-30), cualquier marginación social entre ellos basada en los requisitos ceremoniales de la Ley iba en contra de la naturaleza inclusiva del evangelio (Efe. 2:11-22).

Sigamos a Pablo al entrar en esta nueva etapa de su vida y su misión.


Comentarios Elena G.W

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús… Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús [Gálatas 3:26-28].

El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se encuentra en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús. En Dios no hay acepción de personas.

Todos los hombres son una familia por la creación, y todos son uno por la redención. Cristo vino para demoler todo muro de separación… para que cada alma pudiese tener libre acceso a Dios. Su amor es tan amplio, tan profundo, tan completo, que penetra por doquiera (That I May Know Him, p. 99; parcialmente en A fin de conocerle, pp. 99, 100).

La unidad con Cristo depende de la renovación de la mente por el Espíritu Santo. De ese modo somos fortalecidos para caminar en novedad de vida, habiendo recibido de Cristo el perdón de nuestros pecados…

Toda desunión, todos los pensamientos, palabras y actos egoístas, son el fruto de la obra de un espíritu impío sobre las mentes. Bajo la influencia de este espíritu se pronuncian palabras que no revelan al Salvador. Cristo, la esperanza de gloria, no se forma interiormente. Los que viven de esa manera son pecadores, aunque estén disfrazados de santos…

Necesitamos buscar a Dios de manera que sea precioso para nuestras almas. Necesitamos que sea siempre nuestro huésped y compañero para no apartarnos nunca de él. 

Es privilegio de cada alma ser una con Cristo en Dios. Pero para lograrlo debemos ser mansos y humildes, dispuestos a aprender y ser obedientes (Cada día con Dios, p. 148).

La estima y la suficiencia propias están matando la vida espiritual. Se ensalza el yo y se habla de él. ¡Ojalá muriese el yo! “Cada día muero”, dijo el apóstol Pablo. Cuando esta suficiencia propia, orgullosa y jactanciosa, y esta justicia propia complaciente, compenetran el alma, no hay lugar para Jesús. Se le da un lugar inferior, mientras que el yo crece en importancia y llena todo el templo del alma. Tal es la razón por la cual el Señor puede hacer tan poco por nosotros. Si él obrase con nuestros esfuerzos; el instrumento atribuiría toda la gloria a su propia habilidad, sabiduría y capacidad, y se congratularía como el fariseo (Exaltad a Jesús, p. 304).

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