El Tercer Viaje Misionero

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 18:24-28; 19; 20:7-12, 15-27; 2 Corintios 4:8-14; Hechos 21:1-15.

Para memorizar

“De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hech. 20:24).

El relato de Lucas sobre el tercer viaje de Pablo comienza abruptamente. El texto solamente dice que después de pasar un tiempo en Antioquía, el centro de las misiones de Pablo, el apóstol emprendió otro viaje, pasando sucesivamente por “la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos” (Hech. 18:23). Así que, una sola frase abarca los primeros 2.400 kilómetros del viaje.

Esto se debe a que el objetivo principal del viaje era Éfeso, donde Pablo pasó más tiempo que en ninguna otra ciudad en el transcurso de sus viajes. Desde una perspectiva evangelizadora, el ministerio en Éfeso fue muy fructífero; el impacto de la predicación de Pablo llegó a toda la provincia de Asia (Hech. 19:10, 26). Probablemente durante esta época se fundaron las iglesias de Colosas, Hierápolis y Laodicea, quizá por medio de Epafras (Col. 4:12, 13), uno de los colaboradores de Pablo (Col. 1:7; File. 23).

Es el último de Pablo que se registra en Hechos. Pablo lo inició como hombre libre. En cambio, el viaje a Roma lo realizó como prisionero.


Comentarios Elena G.W

El Señor aborrece la indiferencia y la deslealtad en tiempo de crisis para su obra. Todo el universo contempla con interés indecible las escenas finales de la gran controversia entre el bien y el mal. Los hijos de Dios se están acercando a las fronteras del mundo eterno; ¿qué podría resultar de más importancia para ellos que el ser leales al Dios del cielo? A través de los siglos, Dios ha tenido héroes morales; y los tiene ahora en aquellos que, como José, Elías y Daniel, no se avergüenzan de reconocerse como su pueblo particular. La bendición especial de Dios acompaña las labores de los hombres de acción que no se dejan desviar de la línea recta ni del deber, sino que con energía divina preguntan: “¿Quién es de Jehová?” [Éxodo 32:26]. Son hombres que no se conforman con hacer la pregunta, sino que piden a quienes decidan identificarse con el pueblo de Dios que se adelanten y revelen inequívocamente su fidelidad al Rey de reyes y Señor de señores… Su obra consiste en recibir la luz de la Palabra y dejarla resplandecer sobre el mundo en rayos claros y constantes. Su lema es ser fieles a Dios (Profetas y reyes, p. 108).

Los apóstoles no contaban su vida por preciosa y se regocijaban de ser tenidos por dignos de sufrir oprobio por el nombre de Cristo. Pablo y Silas sufrieron la pérdida de todo. Fueron azotados y arrojados brutalmente al piso frío de una mazmorra, en una posición muy dolorosa, con los pies elevados y sujetos en el cepo. ¿Llegaron protestas y quejas a los oídos del carcelero? ¡Oh, no! Desde el interior de la cárcel, se elevaron voces que rompían el silencio de la noche con cantos de gozo y alabanza a Dios. Animaban a estos discípulos un profundo y ferviente amor por la causa de su Redentor, a favor de la cual sufrían.

En la medida en que la verdad de Dios llene nuestro corazón, absorba nuestros afectos y rija nuestra vida, tendremos por gozo el sufrir por la verdad. Ni las paredes de la cárcel, ni la hoguera del martirio, podrán entonces dominarnos ni poner obstáculo a la gran obra (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 446).

Vuestra fortaleza espiritual y vuestro crecimiento en la gracia estarán en proporción con la tarea de amor y buenas obras que alegremente realicéis para vuestro Salvador, quien no se reservó nada, ni siquiera su propia vida para salvaros…

Si poseéis las riquezas de la gracia de Cristo en vuestro corazón, no os aferraréis a ellas mientras la salvación de las almas dependa del conocimiento del camino de la salvación que podéis proporcionar. Quizá estas almas no vengan a vosotros y os confíen los anhelos de su corazón, pero muchas están hambrientas, insatisfechas; y Cristo murió para que pudieran poseer las riquezas de su gracia. ¿Qué haréis para que esas almas puedan compartir las bendiciones que disfrutáis? (La maravillosa gracia de Dios, p. 309).

01/09/2018

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