Los Primeros Dirigentes de la Iglesia

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 6; 7:48; Hebreos 5:11-14; Miqueas 6:1-16; Hechos 7; 8:4-25.

Para memorizar

“Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hech. 6:7).

Muchos conversos del Pentecostés eran judíos helenistas; es decir, los judíos del mundo grecorromano que ahora vivían en Jerusalén (Hech. 2:5, 9-11). A pesar de ser judíos, diferían en muchos aspectos de los judíos de Judea (los “hebreos” mencionados en Hech. 6:1). La diferencia más visible era que generalmente no sabían arameo, el idioma que se hablaba en Judea en ese entonces.

También había otras diferencias culturales y religiosas. Por haber nacido en países extranjeros, no tenían raíces en las tradiciones judías de Judea, o al menos sus raíces no eran tan profundas como las de estos últimos. Probablemente no eran tan apegados a las ceremonias del Templo ni a los aspectos de la ley mosaica que solo se aplicaban en el territorio de Israel.

Además, por haber pasado la mayor parte de su vida en un ambiente grecorromano y por haber vivido en estrecho contacto con los gentiles, naturalmente estarían más dispuestos a comprender el carácter inclusivo de la fe cristiana.


Comentarios Elena G.W

Cuando Cristo exclamó en la cruz “Consumado es”, el velo del templo se rasgó en dos. Ese velo significaba mucho para la nación judía. Estaba hecho con un material costosísimo, de púrpura y oro, y era muy largo y ancho. Cuando Cristo exhaló el último suspiro, había testigos en el templo que contemplaron cómo el fuerte y pesado material era rasgado de arriba abajo por manos invisibles. Ese acto significaba para el universo celestial y para un mundo corrompido por el pecado, que un camino nuevo y vivo había sido abierto para la raza caída, que todos los sacrificios ceremoniales habían terminado con el gran sacrificio del Hijo de Dios. El que había morado hasta ese momento en el templo hecho de manos, se había ido para nunca más impartirle gracia con su presencia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, p. 1084).

La gloria oculta del lugar santísimo debía permanecer revelada mediante Cristo. Él había sufrido la muerte por cada hombre, y por medio de esa ofrenda los hijos de los hombres se convertirían en los hijos de Dios. A cara descubierta y mirando como en un espejo la gloria del Señor, los creyentes en Cristo debían ser transformados en la misma imagen, de gloria en gloria. El propiciatorio, sobre el cual descansaba la gloria de Dios en el lugar santísimo, está abierto para todos los que aceptan a Cristo como propiciación por sus pecados; y de esa manera entran en comunión con Dios. El velo está rasgado, el muro de separación está derribado, está cancelado el acto delos decretos. Por virtud de su sangre, la enemistad esta abolida. Por la fe en Cristo, judíos y gentiles pueden participar del pan viviente (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, pp. 1083, 1084).

El que quiera confesar a Cristo debe tener a Cristo en sí. No puede comunicar lo que no recibió. Los discípulos podían hablar fácilmente de las doctrinas, podían repetir las palabras de Cristo mismo; pero a menos que poseyeran una mansedumbre y un amor como los de Cristo, no le estaban confesando. Un espíritu contrario al espíritu de Cristo le negaría, cualquiera que fuese la profesión de fe…

El Salvador ordenó a sus discípulos que no esperasen que la enemistad del mundo hacia el evangelio sería vencida, ni que después de un tiempo la oposición cesaría. Dijo: “No he venido para meter paz, sino espada”. La creación de esta lucha no es efecto del evangelio, sino resultado de la oposición que se le hace (El Deseado de todas las gentes, p. 324).

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