La Vida En La Iglesia Primitiva

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 2:42-46; 4:34, 35; 3:1-26; 4:1-18; 5:1-11; 5:34-39.

Para memorizar

“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hech. 2:46, 47).

El sentido de urgencia de la iglesia primitiva no podría haber sido más fuerte. La manera en que Jesús había respondido la pregunta sobre el establecimiento del reino mesiánico, que dejaba abierta la cuestión del tiempo (Hech. 1:6-8), podía interpretarse como que todo dependía de la venida del Espíritu y de la culminación de la misión apostólica. Por ende, cuando llegó el Pentecostés, los primeros creyentes pensaban que todo se había cumplido: recibieron al Espíritu y compartieron el evangelio con todos aquellos con quienes se relacionaban.

La iglesia se desprendió de sus bienes materiales. Como percibían que el tiempo era corto, vendieron todo lo que tenían, y se dedicaron a la camaradería mientras seguían dando testimonio de Jesús, pero solo en Jerusalén. La vida comunitaria que establecieron, aunque era eficaz para ayudar a los pobres, pronto se volvió un problema, y Dios tuvo que intervenir para conservar la unidad de la iglesia. También empezaron a enfrentar oposición.


Comentarios Elena G.W

Acerca de la iglesia apostólica perteneciente a la época maravillosa en que la gloria del Cristo resucitado resplandecía sobre ella, leemos que “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía”… que “con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”. Y, además, que “perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.

Podemos buscar por el cielo y por la tierra, y no encontraremos verdad revelada más poderosa que la que se manifiesta en las obras de misericordia hechas en favor de quienes necesiten de nuestra simpatía y ayuda. Tal es la verdad como está en Jesús. Cuando los que profesan el nombre de Cristo practiquen los principios de la regla de oro, acompañará al evangelio el mismo poder de los tiempos apostólicos (El discurso maestro de Jesucristo, p. 116).

Cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre la iglesia primitiva, los hermanos se amaban unos a otros… Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” [Hechos 2:46, 47]. Los cristianos primitivos eran pocos en número, y no tenían riquezas ni honores; sin embargo, ejercieron una poderosa influencia. La luz del mundo resplandecía por medio de ellos. Aterrorizaban a los que hacían mal, dondequiera que se conocían su carácter y sus doctrinas. Por esta causa, eran odiados de los impíos, y perseguidos aun hasta la muerte.

La norma de la santidad es la misma hoy que en el tiempo de los apóstoles. Ni las promesas ni los requerimientos de Dios han perdido su fuerza. Pero, ¿cuál es el estado de los que profesan ser pueblo de Dios cuando se compara con el de la iglesia primitiva? ¿Dónde están el Espíritu y el poder de Dios que acompañaban entonces a la predicación del evangelio? ¡Ay, “cómo se ha oscurecido el oro! ¡Cómo el buen oro se ha demudado!” Lamentaciones 4:1.

Cuando la gracia de Cristo se exprese en las palabras y obras de los creyentes, la luz brillará hacia los que están en tinieblas, pues mientras los labios pronuncien la alabanza de Dios, la mano se extenderá para ayudar a los que perecen. Leemos que en el día de Pentecostés, cuando descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos, nadie dijo que algo de lo que poseía era suyo. Todo lo que tenían fue entregado para el adelanto de una reforma admirable. Y millares se convirtieron en un día. Cuando el mismo espíritu actúe en los creyentes de hoy y devuelvan a Dios lo que es suyo con la misma liberalidad, se realizará una amplia obra muy abarcante (El ministerio de la bondad, p. 285).

14/07/2018

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