El Pentecostés

Lee para el estudio de esta semana

Hechos 2:1-4; Juan 14:16; Hechos 2:5-13; Joel 2:28-32; Hechos 2:22-39; Salmo 110:1-3.

Para memorizar

“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hech. 2:32, 33).

“Pentecostés” viene de la palabra pentēkostē, el nombre griego para la fiesta judía de las semanas (Éxo. 34:22), también conocida como día de las primicias (Núm. 28:26). El término significa “quincuagésimo”, y debe su uso al hecho de que la fiesta se celebraba el quincuagésimo día a partir de la ofrenda de la gavilla de cebada, que se hacía el primer día después de la Pascua. Era un día de alegría y de acción de gracias, cuando el pueblo de Israel presentaba ante el Señor “las primicias de la siega del trigo” (Éxo. 34:22).

La fiesta llegó a ser un símbolo apropiado para la primera cosecha espiritual de la iglesia cristiana, cuando el Espíritu Santo se derramó más abundantemente que nunca y se bautizaron tres mil personas en un solo día (Hech. 2:41). Después de la ascensión de Jesús y su exaltación en el cielo, este derramamiento del Espíritu fue un acontecimiento sobrenatural y repentino que transformó a los apóstoles, de galileos sencillos y desconocidos, en hombres de convicción y coraje que cambiarían el mundo.

A menudo se dice que el Pentecostés es el cumpleaños de la iglesia, el momento en que los seguidores de Cristo -los judíos y, más adelante, los gentiles- fueron legitimados como la nueva comunidad de Dios en la Tierra.


Comentarios Elena G.W

Se reunieron entonces en el aposento alto, para unirse en oración con las mujeres creyentes y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. Estos, que habían sido incrédulos, estaban ahora plenamente arraigados en su fe gracias a las escenas que habían presenciado de la crucifixión, la resurrección y la ascensión del Señor. El número de los reunidos era de unos ciento veinte…

El Espíritu Santo, que apareció bajo la forma de lenguas de fuego partidas en su extremo, y que reposaron sobre los que allí se hallaban reunidos, eran un emblema del don que se les concedería de hablar con fluidez varios diferentes idiomas que antes desconocían. El hecho de que fueran de fuego simbolizaba el celo ferviente con el cual trabajarían y el poder que acompañaría a sus palabras.

Como resultado de esta iluminación celestial las Escrituras que Cristo les había explicado surgieron en sus mentes con el vívido lustre y la gracia de las verdades nítidas y poderosas. El velo que les había impedido ver el fin de lo que tenía que ser abolido desapareció entonces, y el objeto de la misión de Cristo y la naturaleza de su reino alcanzaron para ellos perfecta comprensión y claridad (La historia de la redención, p. 252).

[L]os discípulos predicaron la resurrección de Cristo. Muchos de los oyentes estaban aguardando este testimonio, y cuando lo oyeron, creyeron. Les recordó las palabras que Cristo había hablado, y se unieron a las filas de los que aceptaron el evangelio. La semilla que el Salvador había sembrado nació y dio fruto…

Los enemigos de los discípulos no pudieron menos que convencerse de que Jesús había resucitado de entre los muertos. La prueba era demasiado concluyente para dar lugar a dudas. Sin embargo, endurecieron sus corazones y rehusaron arrepentirse de la terrible acción perpetrada al condenar a Jesús a muerte. A los gobernantes judíos se les había dado abundante evidencia de que los apóstoles estaban hablando y obrando bajo la inspiración divina, pero resistieron firmemente el mensaje de verdad… [Dios] envió los discípulos para que les dijeran que ellos habían matado al Príncipe de la vida, y esta terrible acusación constituía ahora otro llamamiento al arrepentimiento. Pero, confiados en su presumida rectitud, los maestros judíos no quisieron admitir que quienes les inculpaban de haber crucificado a Jesús hablasen por inspiración del Espíritu Santo (Los hechos de los apóstoles, pp. 49, 50). 

En el día de Pentecostés fue dado el Espíritu. Los testigos de Cristo proclamaron el poder del Salvador resucitado…

Cada cristiano vio en su hermano la semejanza divina de la benevolencia y el amor. Prevalecía un solo interés. Un objeto era el que predominaba sobre todos los demás. Todos los corazones latían armoniosamente. La única ambición de los creyentes era revelar la semejanza del carácter de Cristo, y trabajar por el engrandecimiento de su reino. “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma… Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo [poder]; y gran gracia era en todos ellos” Hechos 4:32, 33.

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