Los hábitos de un mayordomía

“¿Cómo puede el joven llevar una vida íntegra? Viviendo conforme a tu palabra. Yo te busco con todo el corazón; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti” (Salmo 119:9 al 11)

La vista desde la fila 27

Introducción: Mateo 6:33

Estoy disfrutando la vista desde mi asiento de ventanilla en la fila 27. Estamos descendiendo sobre Londres. El río Támesls es una serpiente plateada serpenteando por la costa este de la metrópolis. Puedo ver campos de golf y piscinas de natación que brillan como una turquesa pulida. Puedo ver el Millenium Dome y contar los puentes. El palacio de Buckingham es tan pequeño que puedo guardarlo en mi bolsillo, y el London Eye es como una rueda de un set de construcción de juguete.

Seguimos el río con dirección al aeropuerto Heathrow. Levanto la vista de mi paseo y admiro la vista panorámica. Puedo ver nubes blancas y suaves rayos de sol. Más allá del ala, puedo ver el sol ardiendo en el horizonte, a cientos de kilómetros de aquí.

Disfruto de la gran perspectiva que tengo desde el asiento 27A. Me da una pequeña percepción de cómo Dios me ve a mí, al futuro, al mundo y mi lugar en ellos. Cuando estoy en el suelo, mi vida se trata de mí; esta llena mi visión y solo puedo ver las cuatro paredes que me rodean. Aquí arriba, todo lo que poseo se ve pequeño, como una pequeña caracola en una playa barrida por las olas.

Sin embargo, a veces me gusta sentarme en un asiento diferente. Es el que está al lado de Dios. Miro el mundo desde su perspectiva, que es mucho más detallada que la que observo desde la fila 27. Cuando miro con los ojos de Dios y encuentro mi lugar en el universo, todo lo que pienso que me pertenece es bastante Insignificante. Veo cómo encajo en la comunidad y el paisaje que me rodea; veo las necesidades de otras personas, no solo mis propios deseos; lo veo a él mirando hacia adelante, con el anhelo de poner un fin al sufrimiento que observa en todas partes, cada minuto del día, en la vida de todos.

Me vuelvo y miro su rostro. Hay lágrimas en sus ojos al observar el mundo. Su visión es más microscópica que la mía; él puede ver la vida de cada persona: sus luchas, esperanzas, soledad, miedos y lágrimas.

-Karen -él mira lo profundo de mi corazón-, puedo verlos, pero ellos no me pueden ver. Es tu responsabilidad usar todo lo que te he dado; tus dones, tiempo, recursos, energía, amor… todo. Derrámalo sobre la vida de todos los que conozcas. Esa es la mejor forma de que vean cuánto los amo. Y no te preocupes por nada. Cuanto más derrames sobre otros, más te devolveré. Juntos, podemos marcar la diferencia. Confía en mí.

Karen Holford, Hemel Hempstead. Reino Unido.

17/03/2018

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